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Robert, el muñeco maldito

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En Key West, en el estado de Florida en Estados Unidos, existe un muñeco que es capaz de provocar un terror difícilmente tolerable en muchas personas. Ese es el caso de Robert, el muñeco maldito.

En tiempos muy remotos los muñecos portaban un carácter mágico y se elaboraban con propósitos diversos, desde ser símbolos de la fertilidad hasta acompañar a los muertos en sus tumbas. Aún hoy, en algunas culturas, estos objetos siguen representando lo mágico. Y en diversas religiones se utilizan para la brujería, tanto para provocar el bien como el mal. En esta identificación de los muñecos con lo maligno podría radicar el miedo que despiertan en miles de personas.

Los muñecos malditos han dado muchísimo de qué hablar, pues eclipsan el terror en muchas personas. Vale la pena saber que el creador de Chuky, se inspiró en un hecho de la vida real. Sucedió en Key West a principios del siglo XX. Una mujer que trabajaba como sirvienta, que era oriunda de Las Bahamas, le regaló al niño de una familia burguesa un muñeco de unos 90 cm, vestido de marinero. Hay quienes dicen que esa señora tenía intenciones muy malas al darle ese muñeco al pequeño Robert, puesto que ella había sido despedida con anterioridad por practicar magia voodoo dentro de la propiedad.

A primera vista, el muñeco parecía dulce y era bonito. Por supuesto, que el pequeño Robert lo tomó entre sus brazos emocionadísimo. El niño se enamoró del muñeco y lo llevaba a todas partes con él. Sus padres lo encontraban muy tierno, pero entonces comenzaron a suceder cosas extrañas. Comenzaron a escuchar a Robert con alguien por las noches, notaban una voz muy extraña y profunda que provenía del dormitorio del hijo. Finalmente resolvieron que era el mismo niño que imitaba esas voces mientras jugaba con el muñeco. Robert le puso su propio nombre al muñeco, incluso tenía su propia silla y un lugar de privilegio en su vida.

Cada vez que la familia salía de la casa, al regresar eran interceptados por los vecinos que aseguraban haber visto a gente extraña en las ventanas de la casa. Primero aseguraban que era un niño, pero luego comenzaron a decir que era el mismo muñeco moviéndose. Fue así que los padres le dijeron al niño que tendría que deshacerse del muñeco, pero él no quiso saber nada con esa opción. Robert estaba tan apegado al muñeco, que decidieron darle otra oportunidad.

Algunos días después, los padres volvieron a sentir a Robert hablando con alguien que tenía una voz muy gruesa. Así que sin dudar ingresaron a la habitación y encontraron al muñeco a los pies de la cama del niño. Cuando Robert comenzó a contarle a sus padres qué estaba pasando con el muñeco, él giró la cabeza y lo miró. Pero todo llegó demasiado lejos cuando una noche el niño se despertó con ruidos de pasos en su habitación. Enseguida miró a la silla que tenía el muñeco dispuesta y él no estaba allí. Así que se sintió aterrado y comenzó a gritar. Sus padres corrieron a la habitación y se encontraron con el niño llorando acurrucado y todo revuelto en el dormitorio. El niño aseguró que quien había hecho todo ese lío había sido el muñeco, pero estaba en el mismo lugar en que lo habían dejado.

Sin saber muy bien en qué creer, encerraron al muñeco en el ático de la casa y lo dejaron ahí. Le prohibieron a Robert volver a tocarlo nunca más. El tiempo pasó y el pequeño Robert se convirtió en un hombre, un destacadísimo escritor y artista plástico. Ya siendo mayor recibió la triste noticia de que su padre había fallecido y que había heredado la casa. A él se le ocurrió que la brisa marina y el hermoso paisaje que la rodeaba iba a ser inspiradora para su arte, así que junto con su mujer resolvieron mudarse para allí.

En plena mundanza, resolviendo dónde colocar las cosas y guardar otras, él subió al ático. Allí se encontró con cosas viejas, mucho polvo, pero cuando miró al fondo encontró a su viejo amigo, esta vez muy polvoriento. Se acercó a verlo y sintió que algo pasaba detrás suyo. Salió despavorido y le contó a su mujer lo que había sucedido. Su esposa quiso ir a ver al famoso muñeco, así que subió al altillo y lo vio. Robert lo único que sintió fue un grito aterrador y corrió a preguntarle que había pasado. La mujer aseguró que el muñeco giró su cara para mirarla con una expresión siniestra. La mujer le rogó a Robert que lo dejara encerrado, pero él decidió no hacerlo porque lo consideraba un viejo amigo. Así que lo bajó del ático y lo dejó por allí, asunto que fue un grave error.

No pasó mucho tiempo antes de que comenzaran a suceder cosas extrañas en la casa. Un día Robert llegó y encontró a su mujer leyendo. De fondo, el muñeco se mecía en una silla. Pero él lo agarró rápidamente para que la esposa no lo viera y no se asustara más de lo que ya estaba. El muñeco nunca estaba donde lo habían dejado por última vez y otras cosas también aparecían en otro espacio. Robert recibió la visita de otros vecinos, que le daban las mismas advertencias que habían recibido sus padres décadas antes: el muñeco se movía y lo veían a través de las ventanas. Robert no aguanta más la situación y vuelve a encerrarlo en el ático.

Esa hermosa casa fue ocupada años después por una familia que tenía una niña. La pequeña encontró a Robert en el ático en que había sido encerrado una vez más por su antiguo dueño y le encanta. Así que Robert comenzó a formar parte de la colección de muñecos y muñecas de esta niña, que poco tiempo después advirtió a sus padres que Robert podía hablarle, que le dice cosas y que se ríe. Algunos días después los padres de la pequeña escuchan un grito desgarrador proveniente del cuarto de la niña y encuentran un escenario dantesco: todas sus muñecas estaban descabezadas y tiradas por toda la habitación. Robert, completamente inmóvil, en una silla. Los padres de la niña resuelven dejarlo donde lo habían encontrado, al altillo. Esa niña, que hoy es una mujer madura, asegura con mucho miedo que fue Robert quien hizo aquello a sus muñecas.

La casa quedó deshabitada, pero el muñeco Robert se encuentra en un museo Martello de Key West. Y allí aún suceden cosas verdaderamente extrañas.