Los científicos aún no tiene claro cómo evolucionamos con diferentes tipos de sangre.
Estamos muy acostumbrados a que la ciencia nos de muchas de las respuestas acerca de cómo funciona el mundo natural y, en particular, el cuerpo humano.
Pero aún son muchos los misterios que a los científicos les quedan por resolver. Uno de ellos es la sangre.
Hasta ahora lo que sí sabemos es que la mayoría de las personas están dentro de alguna de las ocho categorías más comunes. A, B, AB y O. Cada uno de estos tipos tiene su variedad en negativo y positivo. También sabemos que la sangre circula por todo el cuerpo y que está compuesta, para simplificar, de células y agua.
Pero llegar a esta conclusión, algunas mentes curiosas de otras épocas hicieron algunos experimentos un poco extremos.
Según recoge el portal especializado en ciencia The Verge todo empezó cuando un médico griego empezó a estudiar la sangre y concluyó que se generaba en el hígado gracias a la comida. Esta escuela de pensamiento se mantuvo por 1500 años hasta que un médico británico descubrió que en realidad la sangre circula por todo el cuerpo.
Esto impulsó una nueva ola de experimentos y en 1655 se hizo la primera transfusión de la que hay registros. Fue de un perro a otro perro. La intervención salió bien y los científicos de aquel entonces probaron lo que se conoce como xenotransfusión, que es una transfusión de sangre entre diferentes especies. Fue de una oveja a un humano y salió mal. Los pacientes murieron y a la ciencia le quedaron más dudas que certezas.
Fue recién en el 1900 que se descubrió que las personas y los animales tienen diferentes tipos de sangre y que mezclarlos provoca que el cuerpo tome a la sangre nueva como un agente extraño, se desencadena una respuesta del sistema inmunológico que podría derivar en complicaciones médicos, como un estado de shock.
Esta evolución no está del todo clara para los especialistas y por eso la sangre sigue siendo uno de los misterios más longevos de la ciencia.
