Fertilizantes y venenos: la historia del científico cuyo descubrimiento salvó (y también mató) a miles de personas

Este es el caso de Fritz Haber, que junto con Carl Bosch, logró duplicar la cantidad de nitrógeno disponible mediante su extracción desde el aire.

En 1977 se creó a nivel internacional la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas. Es un tratado que buscó, valga la redundancia, prohibir el desarrollo, la producción, el almacenamiento, la transferencia y el empleo de armas químicas, y se dispuso además la destrucción de estas armas en un plazo de tiempo específico.

Pero antes de esta Convención que puso un freno en la producción de las armas químicas, al menos en algunos países, el invento de un científico asesinó a miles de personas. No sin antes, con ese mismo invento, salvar del hambre a otras tantas. Estamos hablando del químico alemán Fritz Haber.

A comienzos del siglo XX parecía que la producción de alimentos agrícolas dentro de Europa estaba en jaque por el constante crecimiento demográfico y la explotación de las tierras. Hasta entonces se habían probado varias alternativas de fertilizantes.

Según detalla el escritor chileno Benjamín Labatut en su libro Un verdor terrible, existieron empresas europeas que saquearon campos funerarios en Egipto para llevarse los huesos de miles de personas enterradas en las pirámides para usarlos como fertilizante. Lo mismo con esqueletos de las guerras napoleónicas.

También se masacraron treinta millones de bisontes en Estados Unidos para que las comunidades indígenas más pobres vendieran sus cráneos a Europa como fertilizante. Se llegó a montar incluso una compañía: el Sindicato de Huesos de Dakota del Norte.

Sin embargo, cuando estos recursos se acabaron, llegó el inventó de Fritz Haber y Carl Bosch. Ambos lograron duplicar la cantidad de nitrógeno disponible mediante su extracción desde el aire, fabricar amoníaco y así fertilizar miles y miles de hectáreas productivas para evitar una hambruna devastadora.

Hasta ahora parece una historia científica bastante feliz. Sin embargo, todo cambió con la llegada de la Gran Guerra y el nombramiento de Haber como responsable del departamento de suministros químicos del ejército alemán. En medio del conflicto, Alemania le encargó al científico la confección de un gas venenoso con el que atacó al ejército francés.

Con el cese del conflicto armado, Haber ganó un premio Nobel y fue declarado como “criminal de guerra”, todo en el mismo año. Pero eso no lo detuvo de continuar trabajando en la elaboración de nuevos venenos. Tanto es así que una versión más especializada de sus fórmulas fue la que se usó para asesinar a miles de personas en las cámaras de gas en los campos de concentración nazis.

Hoy el fertilizante de Haber y Bosch se sigue utilizando, dejando una huella ambiental incalculable. De esta forma, una misma mente fue la responsable de salvar a uno y condenar a otros.