Hablamos con Sara Martínez sobre el caso de Moisés, su hermano, quien fue condenado a 12 años de prisión tras haber asesinado a su padre en un contexto de violencia doméstica intrafamiliar
“Recuerdo que estaba en la sala, con un hombre preguntándome si el abuso había sido real y poniéndome una regla. Después iba al liceo y, cada vez que veía esa regla, me volvía ese recuerdo espantoso. Me preguntaban cómo era el tamaño del pene de mi padre. Yo me puse a llorar y pedía por mamá. En ese momento, él se ríe y me dice: ‘Dale, decilo, que a las que están acá les encanta eso’, haciendo alusión a mi hermana y a otras dos personas. En otra ocasión me preguntaron cómo era el semen de mi padre”.
En su testimonio conviven la historia de violencia y el peso de haber denunciado siendo niña. “Por momentos me entra la culpa. Pienso que, capaz, si yo no hubiera hablado, no habría pasado todo esto. Pero, por otro lado, me digo: ‘Aplaudite, Sara. Porque gracias a que con doce años te animaste a hablar, tu hermana no tuvo que seguir siendo abusada’”.
También cuestiona la respuesta institucional: “Cuando lo denuncié, no me cuidaron. Mi denuncia no tuvo una respuesta eficaz”. Y remata: “¿Cómo pueden decir que la respuesta del Estado fue eficaz?”.
Sobre el vínculo en estos casos, es categórica: “Un padre que abusa deja de ser tu padre para convertirse en tu agresor”.
“Siento que, de nuevo, el Estado me volvió a fallar a mí y le volvió a fallar a todas esas infancias”.
Sara sostiene que la Justicia ignoró el contexto de violencia intrafamiliar y que el agravante por “el vínculo” no refleja la realidad que vivieron.
“Ejercer la paternidad no es abusar, no es encerrar a tus hijos en un galpón, no es dejarlos bajo agua fría hasta la madrugada, no es ponerles pedregullos ni golpearlos. Eso es violencia, clara y pura”.
Asegura que la pena —12 años sin posibilidad de reducción— es desproporcionada y advierte que el sistema sigue partiendo de una idea idealizada de la familia que muchas veces no existe.
