“La vida sigue”, un libro de Bafico que invita a conocer las zonas más complejas de la psique humana a través de historias de pacientes

El psicoanalista Jorge Bafico relata 16 casos clínicos que tocan la locura, y presenta un acercamiento a la patología en su versión más cotidiana, desde el respeto y una profunda sensibilidad.

El psicoanalista Jorge Bafico y el psiquiatra Dagoberto Puppo recorrieron un largo camino juntos. Un sólido vínculo afectivo y profesional los arropó mientras trabajaron con muchos pacientes. Tras el fallecimiento de Dagoberto en abril de 2009, Jorge supo que tenía que escribir este libro.

 Recorriendo las páginas de La vida sigue (Sudamericana, 2018), el lector se encontrará con casos clínicos que tocan la locura, y que al mismo tiempo se convierten en cercanos. Bafico nos acerca a la patología en su versión más cotidiana, desde el respeto y una profunda sensibilidad. Un encuentro con la clínica desde dentro, moldeada a través del vínculo con Dagoberto.

Este libro es también un homenaje a un gran médico que ha sido maestro, ejemplo y amigo del autor. Cómo él mismo dice: “Hay hombres que son excepcionales. Dagoberto lo fue y yo tuve la suerte de conocerlo”.

Con un lenguaje directo y luminoso, Jorge Bafico nos invita a conocer esta historia de aprendizajes, gratitud y esperanza, pero también de angustia y dolor. Fiel a su estilo, cada texto está acompañado por citas musicales que complementan y amplifican el sentido de cada capítulo.


Mirá el booktrailer del libro:


Un fragmento que invita a empezar a leer

/ CERO /
Cuento de hadas de Dustland

Recuerdo nítidamente el momento en el que supe que Dagoberto Puppo iba a morir. Fue en una noche de abril de 2009, cuando estaba yendo a buscar a uno de mis hijos a la casa de un amigo. En el trayecto mi celular sonó. Se trataba de una llamada inesperada, la de un familiar cercano a Dagoberto, quien me anunciaba con sequedad: “Se muere”. Lo terminante de la frase, sumado a su estatus de médico, le dio al asunto un estatuto de certeza trágica.

En shock y sin entender nada, le pregunté qué era lo que estaba pasando. Apenas pude escuchar que estaba internado y que su cuadro era grave. Los médicos por lo general son hoscos, escuetos, y esta vez no fue la excepción. Me cortó rápidamente.

Ninguna imagen o pensamiento surge del viaje de regreso con mi hijo, apenas el saludo a los padres de su amigo y vestigios de una conversación trivial sobre el clima y sus variaciones. Mi memoria queda en blanco, a no ser por una canción de los Killers, “A Dustland Fairytale”, que sonaba por allí. Eso sí recuerdo nítidamente.

Esa canción quedó como marca indeleble del momento en que supe que mi amigo iba a morir. De la infamia de una muerte que nunca va a dejar de sorprenderme. Cada vez que suena ese tema no dejo de recrear el instante en que me di cuenta de que mi vida iba a cambiar.

———

Ahí donde el viento no sopla

Ahí donde los pájaros no cantan

Ahí donde los campos no crecen

Ahí donde las campanas no suenan

Ahí donde las campanas no suenan…

“A Dustland Fairytale”, The Killers, Day & Age, 2008


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