“Nací para ser breve”, una biografía que desnuda el arte, la pasión, la historia y el amor de María Elena Walsh – Teledoce.com

“Nací para ser breve”, una biografía que desnuda el arte, la pasión, la historia y el amor de María Elena Walsh

Gabriela Massuh asume el reto de retratar la vida de una de las más reconocidas artistas del Río de la Plata.

Nací para ser breve (2017, Sudamericana), escrito por Gabriela Massuh, se transforma en una máquina delicada y precisa, que da cuenta -mientras vela, mientras desnuda- de las particularidades del mundo intelectual porteño desde los años cincuenta y, más allá, de la historia social del país en el siglo XX. Pero también de una mirada profunda sobre los vínculos.

En la intimidad, aquellos encuentros en los que Massuh y María Elena Walsh repasaban tarde a tarde la vida intelectual, artística y afectiva de la reconocida artista, fueron un subterfugio para superar el dolor y la incertidumbre. Massuh pregunta para estar cerca de la persona querida. Pregunta porque la intrigan las formas que toma el talento en un artista. Pregunta porque en esas respuestas parece estar no solo el modo de entenderla, sino también la clave de la propia búsqueda existencial.

Las grabaciones, transcriptas a páginas oficio, revisadas de puño y letra por la protagonista y guardadas durante décadas en cajas, esperaron el tiempo propicio para la relectura.

Como dice la autora de este libro: “No hay nada más desgarrador que revivir la juventud en voces o imágenes que dan constancia de la inexorable materia de la que estamos hechos: el tiempo”.

Un extracto para empezar a leer

Enero de 2011. Estoy sola en la quinta que me prestó una amiga en Loma Verde, modesto paraje de la provincia de Buenos Aires, a unos diez kilómetros de Escobar. Aprovecho el encierro entre ligustros, abedules y eucaliptus para terminar lo que creo será mi segunda novela. El mundo está en orden, como suele estar cuando por fin se arriba al ritmo de la escritura mientras las horas pasan lentas y el tiempo no importa. Me levanto temprano, enciendo la radio, siempre Radio Nacional, me hago el desayuno y luego me siento a revisar las páginas del día anterior. La perra del vecino, una setter colorada, pugna por entrar apenas descubre que hay movimiento en la casa. Le abro la puerta cerrada por siete llaves para guarecerme de las amenazas nocturnas y se echa junto a la mesa que me hace de escritorio.

El runrún de la radio me acompaña como una música de fondo. No me distrae, me acompaña. Y, de tanto en tanto, desvía mi atención de la caprichosa protagonista de mi novela. Tenía un mes por delante en el que me había comprometido a cuidar el pequeño jardín, luchar contra las hormigas y mantener limpia el agua de la pileta. Aquel verano hice mi primer fuego con leña y carbón. La noche de Año Nuevo preparé pollo al disco y celebré con una botella de champagne acompañada por Nina, así se llamaba la perra.

Serían las diez cuando me puse a escribir aquel 11 de enero. El sol que se filtraba por las cortinas a medio cerrar iluminaba el recinto y dejaba ver el reflejo de las partículas de polvo como si fueran desordenadas telas de araña. La amable brisa matinal anunciaba cierto alivio de la torridez del verano. Faltaría la presencia de una gata aseándose sobre el alféizar de la ventana y todo sería perfecto. Escribo una frase, vacilo, luego otra y otra más hasta que se encadenan. A lo lejos, como en sordina, creo escuchar de pronto el nombre de María Elena Walsh. Levanto mis manos del teclado y las dejo suspendidas por un segundo antes de correr a aumentar el volumen. El locutor, con voz grave, anunciaba la muerte de una de las personas a quien yo más había querido en mi vida. Mi corazón dio un respingo y de inmediato se me secó la boca. Luego de uno de esos hiatos donde todo está por decirse y las palabras se agolpan como remolinos en la garganta, me levanté y apagué la radio.

El silencio se llenó de voces e imágenes perdidas que se conjugaban en una sensación lacerante: no la había despedido y ahora ya no estaba. Con esfuerzo marqué el número de la casa, esperando acaso que la noticia no fuera verdad, como aquella noche de su segunda operación, décadas atrás, en la que yo fehacientemente había creído oír de madrugada un llamado de urgencia para donar sangre en el que se mencionaba el número de la habitación donde María Elena se recuperaba. Esta vez no era una alucinación. Pura y desolada verdad: lo confirmó la voz atribulada de Sara Facio. Le pregunté si podía ir a verla y me respondió que estaría en casa y me esperaba. Me bañé, me vestí con la mejor ropa que había llevado. Un viejo pantalón de Kenzo y una blusa de hilo blanco que había sido de mi madre, se me antojaba, cumplirían apenas con la dignidad que se requiere para dar un pésame. Mis movimientos eran lentos, retardados; parecían cumplir con la pauta de un ritual iniciático. El de comenzar a vivir sin María Elena.

Como lo había hecho con mi madre, muchas veces intenté imaginar su muerte en el afán absurdo de que el hecho de conjurarlo de manera anticipada lo haría más fácil de soportar. Imaginé cómo sería volver al barrio, éramos casi vecinas, sin descubrir su pelo rubio y su andar desigual por las calles que solía recorrer a media mañana, con el cuerpo levemente inclinado, apoyado en el brazo que sostenía el bastón. La vi moverse otra vez, cargándose a cuestas la enfermedad de la que había salido airosa, esmerada en disimular el esfuerzo, su eterna pudicia por jamás demostrar dolor o provocar piedad. Sería tanto más fácil poder llorar pero desde hacía tiempo que yo estaba seca de lágrimas. No solo se llora por pena sino por autoconmiseración y yo había perdido la capacidad de sentir pena por mí misma. Cerré la puerta después de insinuarle a Nina que hoy no íbamos a cumplir con el rito de regar las plantas. Se echó en la galería como dispuesta a esperarme. Le acaricié el hocico en señal de despedida, abrí el portón y salí por la calle de tierra bordeada de calistemos rosados y laureles. Conduje lentamente hacia el mar calcinado de la autopista. Una vez allí, tomé velocidad, aunque no dejaba de sentir que, de alguna manera, el auto flotaba en una nube detenida en un tiempo pasado. Durante el trayecto me asaltaban imágenes que había perdido, regresaban con la fuerza de un vendaval. La fuerza centrífuga del recuerdo involuntario. María Elena bronceada, en una casa de Martínez, con el pelo casi blanco de sol y los ojos increíblemente azules mirando a la amorosa cámara de Sara; María Elena feliz, caminando sin bastones en el agua de una pileta transparente; María Elena sentada bajo la sombra de los árboles de una quinta que teníamos en Parque Leloir observando a las calandrias con largavistas: chicas, vengan que se abre el comedor; María Elena acostada sobre una camilla de ambulancia que la llevaba a hacer su tratamiento de rayos con un aparato llamado temiblemente “acelerador lineal”; María Elena en el museo de San Antonio de Areco haciéndome gozar de los cuadros de Figari; María Elena en medio del ocre de las hojas de aquel mismo otoño de Areco; María Elena en su escritorio, recostada sobre una cama camera apenas cubierta por una manta de telar mientras yo apretaba la tecla play de un grabador; María Elena en el Munich de la Recoleta intentando protegerse con gesto adusto y poca paciencia de la euforia de unas madres que insistían en acercarle a sus desconcertados niños; María Elena en los alrededores de París, sentada sobre el asiento del acompañante del auto que yo conducía; María Elena imitando los desopilantes espasmos de Silvina Ocampo en el teléfono; María Elena una noche conmocionada por She de Aznavour; leyendo por las mañanas en su amplísimo departamento; pelando minuciosamente una mandarina hasta que quedaba limpia de hollejos susurrando par delicatesse j’ai perdue ma vie; espiando mis zapatillas debajo de mi cama sin decir nada; en la Feria del Libro firmando ejemplares ante colas kilométricas de párvulos que le alargaban sus libros; reclinándose para besarlos; desplazándose con bastones canadienses sobre el escenario de un teatro repleto para saludar al público que la ovacionaba de pie en un recital que Susana Rinaldi y María Herminia Avellaneda le habían dedicado a sus canciones. Y su voz, esa voz cantarina, preguntándome dónde había estado, tanto tiempo, cuándo te venís a comer milanesas, nena, vamos a dar un paseíto.

Llegué a su amplio y luminoso departamento de Palermo al mediodía. Imposible remontarme al piso doce sin esperar su eterna bienvenida, qué decís, nena. Cuando por fin llegué al palier y vi los cuadros de Guillermo Roux que lo poblaban no podía levantar el brazo para tocar el timbre. Sara abrió la puerta, seguramente había previsto mi vacilación. Me sorprendí, estaba sola. Se la veía atribulada, pero íntegra, a la altura de las circunstancias, como siempre. Parecía querer guardar para sí los primeros momentos ausentes de la compañera de la vida. Le agradezco infinitamente que me dejara compartirlos. Nos sentamos muy cerca una de la otra. La tarde anterior le habían recomendado que volviera a su casa porque María Elena parecía estar mejor, que seguramente podría salir de la descompensación. No la había acompañado esa última noche. Lo dijo ocultando la pena que le producía esa ­involuntaria omisión. La eterna delicadeza de los muertos con sus seres queridos: esperan que la persona amada se aleje antes de irse para siempre.

En aquella charla hecha de fragmentos hubo mucho silencio. También complicidad. Ninguna de las dos se atrevía a hablar de sentimientos, menos Sara, que durante todo el proceso de la enfermedad de María Elena, de su recuperación y después, mostró una entereza poco común entre nosotros, pobres mortales, Sara, el gran amor de María Elena …ese amor que no se desgasta sino que se transforma en perfecta compañía. A veces la obligué a oficiar de madre, pero no por mi voluntad sino por algunos percances que atravesé, de los que otra persona hubiera huido, incluida yo. Pero ella se convirtió en santa Sarita.1

Y ahora, qué vas a hacer, le pregunté para quebrar mi propia angustia. Qué querés que haga, perdí todo lo que tenía, dijo apenas sonriente. No me animé a confesarle que, de alguna manera, yo también. Habría sido impropio: el vacío que ella sentiría de ahí en más nada tendría que ver con el mío. El de ella, lleno de presencia; el mío, de recuerdos. Tomé el café que me había servido y me despedí. Me habría gustado abrazarla, contenerla. Supongo que las dos entendimos que el hecho de haber estado allí en ese momento era la forma más elocuente de expresar el cariño que sentíamos la una por la otra. Antes de cerrar la puerta, me dijo que la velaban en la Sociedad Argentina de Autores y Compositores y que al día siguiente sería el sepelio en la Chacarita, adonde también fui.

¿Qué fue, qué es María Elena Walsh para mí? Si la palabra nutrir fuera válida para definir el amor, la amistad, los años de aprendizaje, la búsqueda de la raíz íntima y el encuentro con la raíz del lugar común; si nutrir es compartir, venerar, consolarse, amparar, desvelarse por encontrar el camino, dar vueltas y no encontrarlo, si la nutrición fuera la palabra para definir el amor y el crecimiento en todas sus instancias… A lo largo del camino de una vida la nutrición altera recorridos estigmatizados, opera de manera mayéutica, convoca eso que podemos ser y no sabemos cómo alcanzar, da fuerzas, confianza, saber de sí, entender el mundo y gozar de ese entendimiento; impulsa a quemar etapas y alcanzar una plenitud de instantes benéficos. Crecer. Recurro a una frase de ella: ¿Cómo consolarse del mutis de una persona que nos ha dado de comer?2

Cuando a María Elena se le declaró el cáncer y estuvo obligada a pasar meses alternando estadías entre su casa y camas de diversos sanatorios, le hice un largo reportaje. Allí está su vida y su obra hasta ese momento, mediados de 1981. Durante seis meses nos encontrábamos en su departamento de la calle Bustamante mientras ella se recuperaba de la quimioterapia y superaba la primera de las tantas operaciones del fémur severamente dañado por el cáncer. Aquellos encuentros fueron un subterfugio para superar esa época de incertidumbres, dolores, depresiones y berrinches. Fue contándome su vida, acumulada hoy en casetes de cinta, desgrabados luego en incómodas páginas tamaño oficio que iban acumulándose a lo largo de la peor etapa de la enfermedad. Esa voz, esa tonada intencionalmente descangallada, que era su armadura contra la solemnidad, no se pueden recrear en letra escrita. Esa voz prístina y urticante no puede leerse ni reproducirse, pero está encaramada al recuerdo de aquellas tardes de intimidad. No he vuelto a escuchar el material desde aquella época porque ya no tengo la técnica al alcance y, sobre todo, porque no hay nada más desgarrador que revivir la juventud en voces o imágenes que dan constancia de la inexorable materia de la que estamos hechos: el tiempo.

Mi necesidad de preguntar no obedecía solo a mi deseo de estar con ella, sino de entender cómo se había gestado ese talento con el que abordó con igual gracia y fantasía géneros tan diferentes como la poesía, la canción, el teatro, el music hall, la sátira, el artículo periodístico o la literatura infantil. El resultado de nuestros diálogos fueron páginas y páginas de charlas y confesiones que ella, una vez concluidas, corrigió de puño y letra. Yo pensaba darle forma y publicarlo, pero me sucedió lo que de alguna manera también me sucede ahora: temí no estar a su altura. Por otra parte y con escasas excepciones, en general los libros de entrevistas me aburren. Mi editora me puso ante el desafío de dar cuenta del entorno de aquella época, recrear las charlas en su contexto afectivo y familiar. Y ahora mismo, con el correr de las líneas que se van articulando a contrapelo del recuerdo, no puedo evitar sumergirme en una nube de consternada nostalgia. Por las capas de tiempo arremolinadas en el recuerdo, por la vida vivida y por aquello que se siente cuando alguien muere: que no nos habría costado nada ser un poco más buenos.

Conocí a María Elena de dos maneras; una, por el contacto con su obra. La otra, personalmente, cuando hacía mi doctorado en Alemania y visitaba a mis padres que estaban en misión diplomática en París. Tenía trece años cuando mi primo David, un ángel de la guarda que veló por la educación estética de toda la familia, me llevó a ver Doña Disparate y Bambuco al Teatro San Martín. La sala Casacuberta estaba atestada de niños que conocían las canciones de memoria y así, rezagados y un poco más lentos que el ritmo de las juglares, coreaban en voz baja “Manuelita”. Recuerdo a Leda Valladares y María Elena Walsh vestidas de pajes medioevales cruzando el escenario con sendas guitarras, levantando las rodillas como si dieran alambicados pasos de baile. No solo me fascinaron las melodías, sino los ojos brillantes color mar de las dos protagonistas. Me pregunté si serían hermanas. Las dirigía María Herminia Avellaneda. Aunque yo era una grandulona comparada con ese público de párvulos expectantes, movedizos y silenciosos, jamás olvidé esas canciones que escuchaba por primera vez. Sin embargo, no busqué sus discos. Yo era una adolescente precoz, fanática de la música de Bach, de Mina y Los Beatles, cuya música compraba de manera empecinada cada vez que aparecían en la vidriera de un Frávega de la Avenida Rivadavia y Carabobo. Leía a Dickens, Perrault, Andersen, Pearl S. Buck, Edmundo de Amicis o El tesoro de la juventud —este último en secreto y en casa de mis primos, mis padres lo odiaban, decían que era un saber enlatado—. Estaba grande para el Zoo loco, Dailan Kifki o Tutú Marambá. Más adelante me contagié de la euforia del boom latinoamericano que se construía desde la revista Primera Plana. Y me formé con Rulfo, Cortázar, García Márquez, Néstor Sánchez, Sara Gallardo, Neruda y Guimaraes Rosa. Borges vino mucho después. Su complejidad me parecía una escritura cifrada cuyo código no entendía. Acostumbrada al vértigo del realismo latinoamericano, yo prefería Cien años de soledad, La ciudad y los perros o Pedro Páramo.

Julio Ardiles Gray, dramaturgo tucumano, gran amigo de la familia, entonces crítico de teatro de Primera Plana y siempre al corriente de las últimas novedades, llegó una de las tantas noches de visita. Siempre nos aleccionaba acerca de qué debíamos leer, escuchar o ver. Aquella vez no paró de hablar de un espectáculo que no-se-lo-pueden-perder. Eran nuevas canciones de María Elena Walsh, esta vez para adultos. Habían pasado apenas cinco años del espectáculo en el San Martín y el Recital para ejecutivos acababa de estrenarse en el Teatro Regina. Tenía dieciocho años y fui a verlo con mi madre. El espectáculo me produjo una impresión indeleble. Yo desconocía esa posibilidad de mezclar la picaresca, la poesía, la bronca, la aspereza y la infinita ternura en un par de canciones que indefectiblemente el público aplaudía de pie. Sentí que mucho más allá de Los Beatles y de Mina, la canción podía no solamente provocarme euforia o melancolía, sino tocarme el corazón de una manera que no había experimentado hasta el momento. Entendí que el goce estético tenía mucho que ver con sentirse partícipe de una realidad, comulgar, sufrir con ella o venerarla más allá de las edades o de la condición social. Era como ingresar en una multiplicidad compartida, un espacio común de amores y de odios. Las canciones de María Elena abrían las puertas de mi propia existencia, de mis vacilaciones y angustias, de mi timidez y mis rencores. Era la Argentina lo que estaba allí, una vasta geografía que incluía a su gente y le hablaba directamente a ella. Me hablaba a mí y me decía algo que entonces no pude descifrar, pero que me dejó atrapada: solo se puede hablar de lo que se conoce y eso que te estremece no es alambicado ni abstracto, está a tu lado, es tu vecino, tu ciudad, tu pueblo, tu infancia y también es todo lo que te altera o te hace sufrir.

No sé si el recuerdo es certero porque las fotos de aquel recital la muestran con un traje negro y camisa blanca; en mi memoria la juglar vestía un palazzo brilloso de los que se usaban en esa época, chaquetón largo, cuello volcado y patas de elefante, indumentaria más digna del Maipo que de un teatro “serio” como se suponía era el Regina. Sus movimientos eran escuetos y revelaban cierta incomodidad de persona tímida, como alguien que no llega a sentirse del todo conforme dentro de su propia piel. ¿O me parecía a mí? Había algo subyugante, demoledor en esa manera casi estática de posarse sobre el escenario y cantar con ascética sencillez esos textos que provocaban escozor con sus inesperadas asociaciones.

Muchas cosas ya se han ido al cielo del olvido.

Pero tú siempre estás a mi lado, mi pequeño Larousse Ilustrado.

Estas no lo eran las canciones de protesta que empezaban a estar de moda. O no lo eran en rigor. Había vida privada que conmocionaba (no te vayas, te lo pido, de esta casa nuestra donde hemos vivido), había nostalgias del país —“mi amor”— que éramos o debíamos ser (Porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy, por todo y a pesar de todo, mi amor, yo quiero vivir en vos), había desdén hacia los ejecutivos que tienen siempre la sartén por el mango y el mango también, hoy desarrolladores, ceos globales, marketing managers, propulsores de industrias creativas, developers, brokers, inversionistas, innovadores de punta, en fin, esa parafernalia… que promete el cielo cuando en realidad nos conduce con prisa y sin pausa al peor de los infiernos. Había también amor por Buenos Aires que todavía hoy es la guerra y la demolición arrasando paredes y calles. Es París en el teatro Colón y en los libros de Plaza Lavalle.

El cancionero para ejecutivos me enamoró. Empecé a seguirla. Compré Hecho a mano y, rezagada, comencé a leer la literatura infantil que, ya cercando los veinte años, mezclaba con mi fervor por Beckett, Virginia Woolf, Proust y Kafka. Si bien escuchaba sus canciones en un incierto estado de melancolía y euforia, con el tiempo le perdí el rastro a su autora. No obstante, siempre llevé dentro mío fragmentos de frases o canciones como si fueran amuletos privados o consuelos de ocasión. Por ejemplo, decirle a Pepe Fernández en una canción que lo encontraría una tarde en “Corrientes, esquina Rivoli”, o señalar que no era lo mismo “ser profundo que haberse venido abajo” o enunciar de sopetón en un poema “pobre de mí que en esta tierra nací y en otra no sé vivir”. Cuando años después hacía mi doctorado en Alemania, la voz interior de María Elena cobró aun más fuerza. Desde la distancia fue un ancla, una especie de contención infantil, una raíz perdida y añorada. En la desamparada extranjería de nieve y lluvias sentí en mi cuerpo, como una revelación, la desaforada carencia de ese “escándalo de sol” de la tierra de uno.

Mis años de Facultad fueron los peores de mi vida. Hice la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires durante el convulsivo preámbulo que culminó con los años de plomo. No era un período tan siniestro como el que se desencadenó después de 1976, pero hoy tengo la sensación de haberlo vivido de manera transitoria, como si de pronto me hubiese invadido una suerte de ajenidad compulsiva. No soportaba el fárrago de carteles en la Facultad, me daba náuseas el estado oprobioso de los baños, me aburrían las clases teóricas y me sentía una extraña en medio de esa multitud estudiantil tan segura de sí. Comenzaba una confusa ola de secuestros que se fue acrecentando a medida que yo avanzaba en la carrera. Procedente de una familia liberal y conservadora, yo había vivido en una probeta intelectual y era una analfabeta política. No quería entender el motivo de tanta protesta. Irritada por algo que percibía como una sobreactuación, el permanente estado de asamblea al que se entregaban eufóricos mis compañeros me dejaba absorta. Equivocada, tenía la sensación de que todo el mundo festejaba cuando, para mí, el país se iba desgranando de a poco. Mucho después comprendí que esas protestas eran paradójicamente una forma de reaccionar contra la decadencia, y no su causa. Con el tiempo, ese sentimiento volvería una y otra vez, igual que las pesadillas recurrentes. La historia de una nación que quema etapas de cada vez peores descalabros, para empezar de nuevo a repetir el ciclo.

Pasé del edificio de la Facultad en la calle Independencia, atiborrado de un alumnado díscolo que de vez en vez era agredido por la policía, al de Charcas, ex Hospital de Clínicas, barrido luego por el brigadier Cacciatore para transformarlo en esa horrenda explanada de cemento convertida hoy en la Plaza Houssay, que, como si el horror no fuera perfecto, la actual intendencia de la Ciudad planifica reforzar el hormigón hasta el paroxismo de convertirla en un gran patio de comidas gourmet VIP de marcas premium para el pobre estudiantado que a diario pulula en el barrio.

Es necesario que sepas que a menudo

cuando te vas padezco la calle Paraguay

ya viste que es un sitio de sombras y medicina,

un barrio de metal con árboles cromados,

está lleno de impúdicas dentaduras de vidrio,

de láminas sangrientas y guardapolvos huecos.

No hace falta decir que me da miedo

considerar las noches en este vecindario.

Hay olor a peligros de rachas y blancuras.

Es posible que vengan bisturíes flotantes

a derramar el timbre. O que un guante de goma,

obsceno de anestesia, me llame por teléfono.3

“El Clínicas” era “un sitio de sombra y medicina”, como dice el poema de manera anticipatoria (anticiparse… un rasgo tan típico de María Elena). Las paredes de aulas y pasillos estaban revestidas de los azulejos blancos que intensificaban la presencia de la muerte. La sombra de Horacio Quiroga, internado allí por un cáncer de próstata, velaba sobre nuestro desgano y a veces se me antojaba que en un ambiente así no se habría bebido el vaso de cianuro por los terribles dolores que le provocaba su cáncer, sino porque los ámbitos del hospital solo podían recrudecer hasta el hartazgo la desazón que lo llevó al suicidio. Yo solía salir al gran patio que se abría delante de la iglesia de San Lucas. Me dejaba llevar por senderos laberínticos donde una se podía topar con cualquier tipo de sorpresas como frascos de vísceras, entrañas o fetos en formol. Allí, en el Clínicas, se habían gestado las primeras imágenes del cine argentino, un documento médico de alcance mundial: dos minutos de celuloide del año 1897 que retratan al célebre cirujano Alejandro Posadas en una operación de quiste hidatídico de pulmón. De aquellos frascos de formol, que luego desaparecieron con el tiempo de los anales de nuestra historia y su desdén por el registro, emanaba un aire misterioso de literatura, oprobio edilicio y medicina. El patio trasero de la iglesia empezó a servir como refugio ocasional o secreto lugar de reunión. Yo me había hecho amiga de una compañera que tenía una de las virtudes que más admiro: el humor. Solía hacerme muecas durante los inefables teóricos, deslizarme cartitas con absurdos retratos de los profesores, o desafiarme afirmando que el héroe máximo de la Argentina era Juan Manuel de Rosas. Insistía en preparar las materias conmigo por más que nunca tuviera la menor idea de lo que había que estudiar. Me obligaba a explicarle obviedades como las declinaciones de los verbos griegos que a esa altura yo ya sabía de memoria. Había inventado un método especial para que durante los parciales pudiera copiarse de lo que yo escribía, subterfugio que durante un tiempo le permitió tambalear de materia en materia. Con el tiempo la situación se le fue complicando. Los exámenes eran cada vez más complejos y cuando llegó el momento en el que no estuvo en condiciones de entender lo que yo escribía, optó por arreglárselas por su cuenta. Mientras yo rendía una materia tras otra, ella se quedó en las declinaciones de los verbos griegos. De pronto dejó de asistir a clases. La busqué por todas partes, me resistía a perder la amistad de una persona que me hacía llevaderos el tiempo y la vida. La llamé a su casa y me dijeron que se había mudado sin paradero conocido. Tiempo después reapareció una tarde por la Facultad. La vi durante unas de mis peregrinaciones alrededor de la iglesia. Formaba parte de un grupo que al parecer discutía asuntos importantes con mucha gesticulación y a media voz. Vestía de modo extraño, infrecuente, distinto de la atildada elegancia que yo le conocía. Se había atado su brillante pelo rubio en una desprolija cola de caballo. Tenía puesto una especie de traje de fajina militar color verde inglés y calzaba imponentes borcegos de capellada alta. Me sorprendió. No obstante, me acerqué y la saludé con la jovialidad de siempre. Estaba por preguntarle qué hacía, dónde vivía, cómo iban los estudios, pero ella me paró en seco. Me alejó del grupo tomándome del brazo, sin decir palabra. Cuando estuvimos a una distancia prudencial, donde los otros no podían oírnos, me dijo tajante:

—No podés estar aquí.

Yo quise preguntar, pero su talante esquivo me inhibió de tal manera que simplemente me acerqué para darle un beso de ­despedida. Ella volvió el rostro y, mientras se me rompía el corazón, entendí: estaba en la lucha armada. Fue la última vez que supe de ella.

En una mesa vi a un grupo de gente, dos de ellos eran viejos conocidos. Una chica con la que había compartido tareas y charlas en una editorial, hacía pocos años. Un hombre cuya casa había frecuentado bastante porque vivía con una actriz amiga. Los saludé de lejos y fingieron no verme, dieron vuelta la cabeza y pensé inocentemente: son medio miopes y esto está muy oscuro.

Iba a acercarme cuando todas las cabezas de la mesa se unieron solidarias mientras hablaban en secreto. Decidí que no querían verme y me senté lejos.

Supe después que estaban conspirando, tejiendo una revolución que resultó sangre y lágrimas. A ella le mataron un hijo, pudo exiliarse y volver. Él cayó en “un enfrentamiento con las fuerzas armadas”. Para mí habían empezado a ser desaparecidos, querían borrarse de la vida de todos los que no acompañábamos la causa, como si fuéramos enemigos o lo que es más grave, potenciales delatores. Eso me ofendió tanto que no querría trato con sus fantasmas. 4

Ese año rendí ocho materias al hilo; el aire de la Facultad era el mismo del país, irrespirable. López Rega y las Tres A, Lastiri, Isabel Perón habían instalado un clima de brujería y terror barriendo con la algarabía popular posterior a la elección de 1973. Antes de morirse a comienzos de julio de 1974, Perón había echado a los Montoneros de la Plaza de Mayo y la violencia recrudeció de manera exponencial de un lado y del otro. Mi padre se compró un arma para defenderse en caso de secuestro. ¿Quién te va a secuestrar? le ­preguntaba yo. La izquierda o la derecha, me respondía acorazándose en un miedo contagioso. En mi familia solo se hablaba de política y yo, encapsulada en mis estudios, asfixiándome en mi burbuja de música de Bach y Aretha Franklin, no sabía de qué lado ponerme. Soñaba con otro mundo. Había empezado a sentir que no había sitio para mí. Mi vida era de una patética miserabilidad,5 como diría don Hipólito Yrigoyen.

Seguía trabajando como bibliotecaria y única empleada del hacía dos años recreado Instituto de Estudios Germánicos, do…


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