La ciencia del estrés y cómo la tecnología podría ayudar a combatirlo

El año pasado, la Asamblea General de la Organización Mundial de la Salud decidió incluir el síndrome del quemado (burnout en inglés) en la próxima edición de la Clasificación Internacional de Enfermedades.

A partir de 2022 entonces este síndrome va a pasar a ser un síndrome que un médico podría diagnosticar. Esto se dio porque los índices de estrés en las sociedad occidentales no deja de aumentar.

En Uruguay, por ejemplo, datos de la Udelar dan cuenta que el estrés afecta a, por lo menos, una cuarta parte de los trabajadores. Las cifras aumentaron a nivel mundial en el marco de la pandemia.

El estrés afecta no solo a los adultos, sino también a los niños. Cifras internacionales apuntan a que en niños es del 8% y el 20% en adolescentes.


Desde los peces que habitan las profundidades del océano, pasando por los primates, hasta llegar a los seres humanos: todos los animales sufren estrés.

Se trata, en la mayoría de los casos, de una respuesta instintiva para alcanzar la supervivencia. De hecho, algunos investigadores no dudan en afirmar que se trata “de un mecanismo brillante, el cual apareció en la evolución de las especies hace millones de años para ayudar a los animales que son presa de otros”.

Según el antropólogo Pablo Herreros, “en un estado de estrés, los músculos se activan, el ritmo cardiaco se acelera y las hormonas que segregamos, como la adrenalina o los corticoides, hacen que tengamos más energía disponible de manera inmediata”.

Sin embargo, lo que comenzó como un método de supervivencia, se volvió en un problema. Según un profesor de neurobiología de la Universidad de Stanford, consultado por Herreros, “el estrés que sufren los humanos es producto de nuestra sociabilidad y una inteligencia extraordinaria”. Anticiparnos a situaciones estresantes es algo que no sucede en la mayoría de las especies animales y por eso puede volverse un diagnóstico crónico en los humanos.

La palabra estrés apareció publicada por primera vez en 1936 en un artículo de la revista Nature. Allí, el doctor austríaco Hans Seyle -conocido como el padre del estrés- logró demostrar que las ratas reaccionaban igual a algunos estímulos desagradables. Esas reacciones se rotularon bajo el nombre de estrés.  Entonces lo definió como “un intento de adaptación a un factor perturbador, destinado a generar un nuevo equilibrio”.

Con el tiempo, el estrés puede destruir neuronas y llevar -en algunos casos- a la ansiedad o la depresión. Además de tener consecuencias fisiológicas, como migrañas, diabetes y ataques al corazón.

Un estudio de la Universidad de Stanford que analizó a 30 mil adultos durante ocho años concluyó que aquellas personas que vivían muy estresadas tenían un 43% más de probabilidades de morir.

El problema con el estrés, es que hay una parte que de él que excede a la medicina y se mete en el campo de la psicología y la neurobiología. En una charla TED, la autora del estudio advierte que el estrés es perjudicial para la salud solo para aquellas personas que pensaban de esa manera. Nuevas corrientes de estudios aseguran que lo que pensemos sobre el estrés es lo que lo convierte en un aliado o en un enemigo.

Este último experimento mencionado en el informe responde a una corriente científica que busca los beneficios del estrés.

Según un estudio de la Universidad de Yale, el estrés puede ser positivo porque nos genera adrenalina. El estrés bien manejado puede hacer que resolvamos algunos retos.

Ayuda a impulsar la oxitocina, más conocida como la hormona del amor, porque nos acerca a las otras personas.

Lo que demuestra la ciencia es que dicha mirada depende de nosotros y no solo de lo que nos ocurra. Hay una fuerte tendencia de la industria tecnológica que busca desarrollar aplicaciones y dispositivos para disminuir el estrés.

Se está intentando comprobar cómo funciona el estrés para generar tratamientos personalizados y desarrollar dispositivos que sean menos estresantes.


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