Lo que me impulsaba a hacer lo que hacía era la euforia del descubrimiento científico, el placer que se experimenta cuando se resuelve un problema matemático difícil”, declaró poco después de su salida de prisión.
A finales de la década de 1990, Kevin Mitnick figuró en la lista de las personas más buscadas en Estados Unidos. ¿El motivo? Accedió ilícitamente a sistemas de ciberseguridad de algunos de los organismos estatales más relevantes de Estados Unidos, y también al de un puñado de empresas privadas.
Hoy Kevin Mitnick es considerado el hacker más famoso del mundo y murió el pasado 16 de julio a los 69 años, pero su relación con el hackeo no comenzó a fines de los noventa, sino algunas décadas antes, cuando apenas era un joven de 12 años y logró “hackear” el sistema de transporte público de Los Ángeles. Pero para eso no utilizó ninguna computadora, sino que descifró el código de los pases de ómnibus y viajó gratis durante años.
Si bien se trató de un hackeo analógico, esto despertó en Mitnick una necesidad imparable de demostrar que todos los sistemas pueden ser vulnerados.
Así fue que se sumergió en el universo informático, que por aquel entonces estaba en plena expansión con compañías como Microsoft y Apple a la cabeza de la revolución.
Mitnick comenzó a desarrollar pequeñas técnicas para estafar a empresas y clientes manipulando datos privados. Se volvió un especialista en extraer información legítima de usuarios legítimos y así poder vulnerar sistemas desde lo que sigue siendo el eslabón más débil de la cadena de la ciberseguridad: el usuario.
“Hay un truco que descubrí y que funciona muy a menudo”, dijo Mitnick en una entrevista. Y agregó: “Si pedís información confidencial, la gente, naturalmente, sospecha de inmediato. Si fingís que ya tenés esa información y decís algo que está mal, la gente suele corregirte y te recompensa con la información que estabas buscando”.
Lo interesante de los hackeos de Mitnick es que él nunca robaba información o dinero, ni tampoco secuestraba datos para luego extorsionar a los usuarios. Simplemente lo hacía como un acto rebelde y para demostrar que lo que se promocionaba como una revolución en realidad tenía fallas y peligros.
A Mitnick lo agarraron cuando hackeó la computadora equivocada. Uno de los virus troyanos desarrollados por el hacker entró la computadora de un japonés experto en seguridad informática que luego colaboró con el FBI para darle captura.
Cuando lo atraparon, Mitnick se volvió uno de esos personajes que fanatizan a los medios de comunicación por sus declaraciones explosivas. Y su discurso anti sistema y su simpatía lo llevaron a primera plana.
Así los fanáticos de la computación comenzaron a manifestarse a favor de su liberación, pero Mitnick tuvo que cumplir su condena completa y recién cinco años después fue puesto en libertad.
“Nunca fui capaz de robar dinero. Y eso que hoy podría ser multimillonario y vivir el resto de mis días al sol del Caribe. Pero la conciencia me lo impidió. Lo que me impulsaba a hacer lo que hacía era la euforia del descubrimiento científico, el placer que se experimenta cuando se resuelve un problema matemático difícil”, declaró al diario El Mundo poco después de su salida de prisión.
Lo que siguió para este hacker fue capitalizar toda la atención mediática para lanzar su propia consultora de ciberseguridad, donde trabajó hasta el día de su muerte.
