Ondas microscópicas que se propagan a gran velocidad bajo la suela del zapato son las verdaderas responsables del sonido.
Un sonido tan cotidiano como el de los championes sobre el piso no surge simplemente por fricción. Un equipo de investigadores de la Escuela de Ingeniería y Ciencias Aplicadas de la Universidad de Harvard descubrió que hay una compleja dinámica de ondas microscópicas que se propagan a gran velocidad bajo la suela del zapato que son las verdaderas responsables del sonido.
Para encontrar esto, los investigadores deslizaron una y otra vez un champión de básquet sobre una placa de vidrio y registraron el proceso con micrófonos y cámaras capaces de capturar hasta un millón de fotogramas por segundo.
Las imágenes revelaron que la goma no se desliza de forma uniforme como se pensaba hasta ahora, sino que el contacto con el suelo se rompe y se restablece a través de diminutas ondas o “pulsos de deslizamiento” que recorren la interfaz miles de veces por segundo.
Estos pulsos funcionan como pequeñas arrugas móviles que se abren y se cierran a mucha velocidad y se propagan por la superficie. Cada pulso hace avanzar al calzado apenas una fracción de milímetro, pero al repetirse miles de veces por segundo generan vibraciones que en frecuencia coinciden con el tono del rechinar que escuchamos.
Durante los experimentos surgió además un fenómeno inesperado: en algunos ensayos aparecieron pequeños destellos eléctricos provocados por la fricción entre la goma y la superficie.
Este sonido constante y hasta casi rítmico que escuchamos en los partidos de básquetbol también están dados por la forma de la suela (donde hay formas y surcos) que de alguna manera ayudan a definir las ondas y frecuencias de sonido.
El equipo también comprobó que al modificar el grosor del material podían controlar la frecuencia del sonido con gran precisión.
Los científicos destacan que más allá de explicar el famoso sonido de las canchas de básquet el descubrimiento tiene implicaciones mucho más amplias. Comprender cómo se generan y se organizan estos pulsos podría ayudar a diseñar superficies con fricción controlada, desde neumáticos o ruedas que se adhieran mejor a la calle hasta prótesis o sistemas mecánicos que reducen el desgaste.
