Se trata de Bold Glamour, un filtro que aplica algoritmos de reconocimiento facial y realidad aumentada para darle a los rostros un aspecto perfecto dentro de los parámetros de la hegemonía estética actual.
Piel tersa, brillante, blanqueada y sin ninguna arruga o línea de expresión. Pómulos cincelados, bocas carnosas, narices pequeñas, ojos destellantes y mandíbulas rectas. La tiranía de los filtros en redes sociales continúa promoviendo una belleza irreal e inalcanzable que selfie a selfie va minando la autoestima de millones de usuarios.
Tanto es así que en los últimos días la irrupción de una nueva tecnología para filtros reavivó en internet el debate sobre los límites de este tipo de herramientas. Sobre todo, cuando sus principales consumidoras son niñas y adolescentes.
Estamos hablando de Bold Glamour, un filtro que aplica algoritmos de reconocimiento facial y realidad aumentada para darle a los rostros un aspecto perfecto dentro de los parámetros de la hegemonía estética actual.
La idea de un filtro que “mejore” la apariencia de un rostro no es nueva. Pero desde que aparecieron por primera vez en la red social Snapchat hace ya varios años, las herramientas tecnológicas mejoraron al punto de que son tan precisas que tienen la capacidad de modificar completamente la apariencia de un rostro y hacerlo de forma relativamente natural.
Uno podría pensar que se trata únicamente de un juego o un entretenimiento para darle color a la dinámica de las redes sociales, pero lo cierto es que su influencia es mucho más poderosa de lo que parece a simple vista.
Según un estudio realizado por la Universidad Católica de Chile, este tipo de herramientas en redes sociales pueden incentivar la aparición de varios trastornos de salud mental, como ansiedad, depresión y, sobre todo, dismorfia corporal.
Este último punto, el de la dismorfia corporal, tiene su pico a los 16 años en el que las adolescentes desarrollan una percepción distorsionada de la imagen que tienen de sí mismas. Y, al compararse con los cuerpos y rostros de las redes sociales, comienzan a ver falencias físicas que en realidad no tienen.
Esto se genera porque las redes sociales habilitan una percepción de cercanía. O sea que, a diferencia de lo que puede ser una estrella de cine, los ejemplos parecen mucho más cercanos porque se despliegan en entornos digitales conocidos y bajo códigos de lenguaje muy cotidianos. Es así que empieza a rondar la incertidumbre: si esta chica, que tiene un teléfono igual al mío y compra su ropa en las mismas tiendas que yo, se ve de esta manera, ¿por qué yo no me veo igual a ella?
Esa comparación es mucho más cercana si se hace con una influencer que si se hace con una estrella de cine. Lo que sucede, en realidad, es que hoy las imágenes de Instagram pueden estar igual de edulcoradas y modificadas que las de la pantalla del cine, o incluso mucho más.
La aparición de Bold Glamour generó este tipo de debates en internet que, por ahora, están lejos de zanjarse, pero invitan a cuestionarse y a estar alerta.
