Ahora bien, ¿podría el cordyceps infectar a un ser humano y manipularlo como a las hormigas?
Parece ser un día bastante tranquilo para esta hormiga. Pero de repente comienza a comportarse de manera extraña; se separa del resto de la colonia y empieza a trepar un árbol sin razón aparente.
Nada puede detenerla, ni siquiera ella misma. Es como si hubiera perdido la capacidad de controlar su cuerpo. De forma súbita, ya casi al borde del abismo, la hormiga se detiene. Una fuerza interior la obliga a abrir su mandíbula una última vez y aferrarse a la vegetación. Entonces el titiritero se revela y una red de micelio brota desde el cuerpo de la hormiga colonizada. Se trata del Cordyceps, un hongo parasitario que puede tomar el control de sus huéspedes y manipularlos para su propio beneficio.
Una vez que el hongo devora todo el insecto por dentro, utiliza su cadáver para asentarse y liberar más de treinta mil esporas por segundo y así, tal vez, alcanzar nuevos insectos que colonizar.
Esta infección fúngica ya fue registrada en varios tipos de insectos. Ahora bien, ¿podría el cordyceps infectar a un ser humano y manipularlo como a las hormigas? La respuesta es no. Sin embargo esto no quiere decir que las personas no puedan sufrir infecciones por culpa de otros tipos de hongos.
Tanto es así que a nivel mundial las infecciones fúngicas matan todos los años al mismo número de personas que enfermedades como la tuberculosis. Pero los hongos solo se arraigan en personas vulnerables, con su sistema inmunológico comprometido o debilitado por enfermedades como el cáncer, el VIH o incluso por el abuso de antibióticos. Un cuerpo sano mantiene a raya a todos los hongos con los que interactuamos a diario, en el aire, las superficies y los alimentos.
Además, aunque muy escasos, existen fungicidas que pueden ayudar a una persona infectada. Aunque acá, igual que pasa con los antibióticos, cada vez hay mayor resistencia.
Respecto a la capacidad del cordyceps de manipular insectos, la ciencia todavía no tiene una explicación del todo clara. No se sabe si lo logra liberando una sustancia química y modificando el ADN de su huésped. Sí se cree que la técnica se viene perfeccionado hace por lo menos 45 millones de años de evolución.
