Es clave entender mejor cómo las plantas gestionan la relación con sus polinizadores, alternando entre la honestidad y el engaño para asegurar su supervivencia pese a no ofrecer la recompensa prometida.
Científicos de México estudiaron cómo la “polinización por engaño” puede cambiar la interacción entre las plantas y los insectos polinizadores y, aun así, no comprometer la supervivencia de la especie.
Al parecer en el mundo de los polinizadores hay una regla: cuanto más grande sea una flor, más pétalos tenga y mejor pigmentadas estén, más cantidad de néctar hay… pero un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Universidad de Zúrich demostró que la regla está para romperse.
En este caso en particular, la investigación se centró en la especie turnera velutina, de la que se analizaron 45 plantas con distintos genotipos y se midió cómo interactuaban con nueve especies de abejas que son claves para su polinización.
Los resultados mostraron que las flores más grandes tendían a ofrecer más néctar, una correlación considerada señal honesta en la comunicación planta-polinizador. Sin embargo, del total de las 1.098 flores que estudiaron, las que cumplían con la regla, eran las menos frecuentes, pero las más exitosas, porque las abejas permanecían más tiempo en ellas y luego produjeron hasta un 31,6% más de semillas por fruto pese a que todas las plantas recibieron un número similar de visitas.
Para los investigadores este juego de la deshonestidad podría ser el resultado de un equilibrio evolutivo, según explicaron a El País de Madrid, ya que mantener pétalos grandes, producir néctar o emitir aromas intensos tiene un costo energético y en entornos donde los polinizadores son abundantes, invertir menos en recompensas sin perder eficacia reproductiva podría ser una ventaja.
Este fenómeno, conocido como “polinización por engaño”, es común en otras especies como por ejemplo las orquídeas, pero no se conocía que tan extendida era la práctica en el mundo vegetal, por eso es clave entender mejor cómo las plantas gestionan la relación con sus polinizadores, alternando entre la honestidad y el engaño para asegurar su supervivencia pese a no ofrecer la recompensa prometida.
