¿Reinventar el inodoro?: nuevas tecnologías que buscan mejorar la calidad de vida de millones de personas

Diferentes investigadores trabajan en volverlo más accesible y práctico, sobre todo en países poco desarrollados.

Existe un dicho popular en la historia que dice que la civilización es la distancia que los humanos ponen entre ellos y sus excrementos. Teniendo esto en cuenta, el inodoro es un buen indicador para saber dónde estamos parados.

Los romanos fueron los primeros en intentarlo con un sistema de letrinas públicas de agua corriente que llevaban los desechos fuera de la ciudad. Pero con la caída de su imperio, la idea se perdió. Así surgió en las primeras ciudades el momento “Agua va”, donde los orinales se descargaban todos al mismo tiempo y en medio de las calles propagando así numerosas enfermedades.

En el medio hubo algunos otros intentos de desarrollar algo parecido a un inodoro.

El inodoro o water, como nos gusta decirle a los uruguayos, es bastante más moderno de lo que creemos. Apareció en la segunda mitad del siglo XIX y dejó atrás las letrinas y otros sistemas más toscos para disponer de nuestras necesidades sin consecuencias muy desagradables.

Fue finalmente en 1775 cuando el relojero Alexander Cummings patentó en Londres la idea del primer inodoro moderno.

Hoy, siglos después, el inodoro -junto a su respectivo sistema de saneamiento- está bastante extendido en el mundo, pero no deja de ser un lujo para unos pocos. Es por eso que diferentes investigadores están trabajando en reinventarlo y volverlo un bien más accesible y práctico, sobre todo en países poco desarrollados.

Tanto es así que en el 2011, la Fundación de Bill y Melinda -el ex matrimonio Gates- lanzó la campaña “Reinvent the Toilet Challenge”. El objetivo fue concentrar innovaciones tecnológicas de todas partes vinculadas a repensar el inodoro. La condición era que los nuevos inventos debían prescindir de las redes de saneamiento y que no utilizaran agua ni electricidad. Pero que aún así “eliminaran microorganismos patógenos y reciclen recursos como la energía, el agua y los nutrientes, que puedan operarse por menos de 5 centavos de dólar por usuario al día, y que puedan instalarse y fomentar el emprendimiento en regiones urbanas deprimidas”, señala un artículo publicado en el portal especializado OpenMind. Y agrega que, según Gates, esta reinvención podría ahorrar US$233.000 millones de dólares en costos de enfermedades y catapultar un negocio emergente que para 2030 facturará US$6.000 millones de dólares al año.

Así fue que surgieron tres alternativas. La primera, del Instituto Tecnológico de California, es un inodoro que funciona con energía solar y tiene un reactor electroquímico que degrada los residuos para producir fertilizante e hidrógeno.

El segundo, de la Universidad de Reino Unido, carboniza los residuos y los utiliza para generar sales y agua limpia. Y el tercero, de la Universidad de Toronto en Canadá, seca e incinera las heces a baja temperatura durante 24 horas. A su vez, la orina pasa por un filtro de arena y se desinfecta por luz ultravioleta.

Algunos de estos prototipos ya llegaron incluso a ser reconocidos por la fundación de Gates y a probarse en lugares reales, aunque todavía con cierta timidez. Lo cierto es que los inodoros hace ya un siglo que se mantienen inalterados. Ya parece ser hora de explorar nuevas y mejores soluciones que lo conviertan en un artefacto más accesible.

Los datos

Según la Organización Mundial de la Salud, el 61% de la población no tiene acceso a una red de saneamiento segura y cerca de 2.300 millones de personas no disponen de una letrina, que es un cubículo que no está conectado a una red de saneamiento.

Según la OMS, cada año mueren 280.000 personas a causa de enfermedades diarreicas vinculadas a saneamiento inadecuado. Algunos organismos dicen que son más. Todo esto sin contar parásitos, cólera, hepatitis o polio también generadas por una red de saneamiento insegura.

Además, al menos un 10% de la población come alimentos regados con aguas residuales.