La historia de Florencia Grattarola, una de las creadoras de Julana y una científica que cree en la utilización de la ciencia para el cambio

Julana es una asociación que apuesta a la educación ambiental acompañando procesos que problematicen la relación sociedad- naturaleza, haciendo especial énfasis en la participación activa de todos los involucrados.

Mi nombre es Florencia Grattarola. Nací un 16 de julio, 37 años después del gran Maracanazo, en la ciudad de Montevideo. A los pocos días ya estaba en Paysandú, litoral norte de Uruguay, en donde viví 17 años. Mis primeros años de vida los pasé en una chacra, cercana a la ciudad y lo suficientemente lejos como para sentirme en el medio del campo. Vivía junto a mis padres, mi hermana y mis abuelos.

No hace mucho tiempo pude darme cuenta que fue precisamente en ese lugar donde descubrí mi pasión por el mundo natural. Mi abuela María Mercedes fue mi gran compinche en esta vocación, una naturalista de alma. Una mujer fuerte y dulce, defensora acérrima de las mujeres de la familia, que mientras me enchastraba trasplantando arbolitos fue enseñándome de la vida. Tenía muchísimas plantas, especies de todos los tipos y colores, desde helechos y crasas, hasta bonsais y árboles frutales. Recuerdo una estructura organizativa casi taxonómica del predio, donde cada planta además de su lugar, tenía una historia y cuidado.

Al momento de decidir qué carrera seguir la Universidad de la República en Uruguay no tenía el nivel de descentralización que alcanza hoy y por tanto no había muchas posibilidades de estudios universitarios en Paysandú. Ya me había  hecho la idea de dejar el hogar para seguir estudiando lejos, pero la decisión de qué estudiar no era tan obvia. Sabía que estaría vinculado a lo biológico, pero me gustaban muchas cosas y el perfil de egreso clásico de medicina, veterinaria o agronomía me aburría. Un test vocacional que hice en su momento me mostró dos cosas, que lo mío era una mezcla de tecnología, naturaleza y relaciones humanas y que existía una carrera llamada Licenciatura en Biología. Sin saber mucho más, la elegí. Terminé el liceo secundario, me despedí de Paysandú, me fui a la capital a hacerme científica.

Viví en una residencia estudiantil, junto a 44 mujeres, con muchas de las cuales seguimos hoy siendo grandes amigas. Mi vínculo con Montevideo también estuvo muy atravesado por el deporte. Me uní a un cuadro de fútbol de la universidad, integrado por mujeres de diversos lugares y contextos. Luego formamos nuestro propio cuadro con algunas de ellas y hasta hoy seguimos jugando. El fútbol está lleno de movimientos que tienden hacia la deconstrucción feminista y quizás por eso busqué también desde ese lugar revertir y rebelarme contra un montón de estructuras. Lamentablemente las mujeres aún estamos más presentes en los insultos de los hinchas que como protagonistas del juego, técnicas o directivas. Este fue un espacio más de los que me impulsaron a preguntarme ¿dónde estamos las mujeres si somos la mayoría de la población pero la minoría en tantos ámbitos?.

En 2006, cuando comencé la carrera en la Facultad de Ciencias, en seguida supe eso que era lo que quería. Las clases de Biología me resultaban fascinantes, muchas las daban mujeres, científicas jóvenes que nada tenían que ver con el estereotipo masculinizado que supone la profesión. Había llegado a Facultad de Ciencias con un gusto especial por el ADN y su mundo, pero también me interesaban y generaban preguntas cada materia que cursaba.

Como bióloga, me he vinculado principalmente en tres áreas: genética, educación ambiental y bioinformática. He trabajado como divulgadora, administrativa, investigadora y docente, en trabajos remunerados (generalmente mal pagos) y voluntarios. Mi ingreso en el mundo laboral de la Ciencia fue en el marco del primer gobierno de izquierda en Uruguay, desde ese entonces se ha invertido como nunca antes en el desarrollo del conocimiento. Si bien la situación ha mejorado, subsisten algunas situaciones complejas y la inversión continúa siendo muy baja (0,38% del PBI). En todos estos años transité períodos de disfrute e inquietud, todos ellos importantes para crecer, construir mi propio perfil como científica y darme cuenta que la motivación, valoración y comodidad en el ámbito laboral son todo.

Empecé a trabajar mientras cursaba el segundo año de la carrera. Mi primera experiencia fue como guía en Espacio Ciencia, un museo interactivo dedicado a la promoción de la cultura científica, en el cual adquirí el gusto por la comunicación científica. Luego entré en la Unidad de Extensión de la Facultad de Ciencias, donde trabajé dos años en el lugar que más marcó mi impronta como profesional. Tuve el apoyo fundamental de mi compañera y jefa María Nube Szephegyi que valoraba mi conocimiento y capacidad, me ofrecía desafíos y depositaba en mí una enorme confianza. Trabajábamos en equipo, de manera muy horizontal y apostando en gran medida a la creatividad. La Extensión universitaria pretende estar en estrecho compromiso con los problemas del país, el desarrollo social y la generación de acciones y conocimiento de alto nivel académico. Sin embargo, aún hoy es por lejos la función universitaria más relegada, incluso en el área científico tecnológica, donde es menospreciada.

Uno de los proyectos que creamos hace 10 años fue Julana (Jugando en la Naturaleza), enfocado en la educación ambiental. Hoy, es una Asociación civil sin fines de lucro integrada por 4 biólogos, 6 biólogas y una veterinaria, todos con diversos perfiles académicos: ciencias ambientales, genética, bioingeniería, ecología, educación ambiental, entre otros. Nuestro trabajo se ha enfocado más especialmente en el medio rural y también en problemáticas ambientales del medio urbano. Apostamos al trabajo comunitario buscando integrar en nuestras actividades a niños, jóvenes y adultos, entendiendo que en estas cuestiones son los adultos los que tienen mayor responsabilidad.

Realizamos actividades a dos niveles. Por un lado construimos procesos desde cero, buscando un acercamiento al lugar para conocer sus características y demandas, generando un trayecto conjunto que promueva el fortalecimiento de lazos comunitarios y permita la continuidad de la propuesta. En otros casos acompañamos propuestas que ya tienen un proceso propio. Nos contactan grupos que ya tienen trabajos en funcionamiento y el aporte de Julana es fundamentalmente temático y metodológico. En todos los casos buscamos fomentar la curiosidad a través de metodologías lúdico-teatrales con diversos niveles de abstracción, entendiendo que éstas facilitan la conexión con las emociones humanas básicas y por ende de las personas con su entorno.

Uno de nuestros trabajos más importantes lo comenzamos hace 5 años en Paso Centurión, una localidad ubicada en una de las zonas más pobres de Uruguay, frontera noreste con Brasil, donde viven cerca de 200 personas. Esta zona alberga un gran número de especies raras, siendo una de las principales zonas de endemismos (especies que sólo habitan allí) del país. En base a su riqueza biológica, sumada a su buen estado de conservación y otros valores histórico-culturales, la zona de Paso Centurión y Sierra de Ríos ha sido reconocida como Reserva Departamental de Cerro Largo. Además se ha propuesto para su ingreso al Sistema Nacional de Áreas Protegidas. Sin embargo este proceso lleva ya 20 años y la zona se encuentra amenazada por actividades productivas que plantean impactos de diversa magnitud sobre la biodiversidad y poblamiento de los habitantes locales. Es por ello que consideramos necesario y urgente reflexionar y aportar a la generación de conocimiento, difusión de información y toma de decisiones.

Nuestro trabajo consiste en un monitoreo participativo de fauna, que tiene como objetivo la generación de un espacio de aprendizaje colaborativo sobre la biodiversidad de la zona. La información está dirigida a los pobladores locales y es utilizada como un vehículo para la reflexión y aprendizaje, para avanzar hacia la descentralización en la toma de decisiones y la gestión del territorio. Una de las herramientas que incorporamos en el proyecto para conocer la fauna local fueron las cámaras trampa.

Partimos de la base de que existen diversas formas y expresiones que dan cuenta de la relación que los pobladores mantienen con la naturaleza y nuestro interés fue conocerlas y hacerlas visibles. En este sentido, colectivizar los registros de los animales ayuda a revelar cómo la observan, conocen, clasifican, usan y manejan. El trabajo con las cámaras, desde la colocación conjunta con los vecinos, hasta el conocimiento y reconocimiento de qué animales habitan su predio, resignifican el territorio dejando ver que es un espacio habitado por una diversidad importante de animales.

En 2015 una de las cámaras trampa que se encuentra colocada en el predio de un vecino tomó la siguiente fotografía, que resultó ser el primer registro de yaguarundí para Uruguay. Se trata de una especie de felino que hasta el momento no había sido documentada para el país.

Cuando nos dimos cuenta de lo que significaba, desarrollamos la mejor estrategia para hacer el registro disponible. Primero lo conversamos con los vecinos que se mostraron muy intrigados por el nuevo animal, analizando lo que representa este nuevo registro para el país y de lo que implica dar a conocerlo. La reacción natural fue querer mostrarlo para que más personas conocieran este animal. Entonces subimos el archivo a nuestro repositorio online de imágenes licenciadas con Creative Commons, habilitando su reproducción, reutilización y redistribución. Esto generó una sucesión de hechos que enriquecen el registro en sí mismo y hacen que la ciudadanía se apropie de este nuevo mamífero y se manifieste.

 

La repercusión fue grandísima. Tanto que Claudio Tachino y Numa Moraes compusieron letra y música de una canción inspirada en este registro.

“Con su pelaje medio barcino, anda en la noche el yaguarundí

Cruzando campos llegó a este suelo, mora en el Paso del Centurión

Cuando la tarde regala sombras, va a tomar agua en el Yaguarón

Quedate yaguarundí, aquerenciate a este suelo

Siempre hay lugar para todos, bajo la luz de este cielo”

Julana tuvo ciertas críticas por compartir libremente la información (principalmente respecto a su localización). Sin embargo, creemos que la información es poder y como tal, no puede mantenerse en las manos de unos pocos. Es un derecho de todos. Es mucho lo que se puede construir, en especial si se habilita la construcción colectiva, involucrando a la comunidad y usando herramientas de socialización de la información y la cultura, como la apertura de datos y el uso de licencias libres. Si bien la actual estructura de incentivos en la que trabajan los científicos, parece favorecer la ciencia cerrada y privativa, desde el grupo seguiremos disponibilizando la información para el acceso de todos, buscando contagiar la idea de que la liberación de los datos sea un acto natural del proceso de generación de conocimiento.

Integrar Julana ha resultado muy enriquecedor a nivel personal. Superamos el corto plazo y continuamos el camino encontrando en las prácticas de educación ambiental un ámbito fértil de desarrollo profesional y humano, que trasciende el ámbito académico. El sistema científico actual estimula la especialización, la productividad, la competitividad individual y la rentabilidad. Para que la ciencia logre la supresión de la injusticia, me imagino una ciencia muy distinta a la actual. Siento que Julana va en un nuevo camino,  el de la ciencia como instrumento de cambio y construcción. Mediante nuestra metodología de trabajo buscamos generar espacios de encuentro donde se promuevan debates y problematicen situaciones, posicionándonos como facilitadores del proceso y cuidando que nuestras subjetividades no se impongan sobre las locales. Entendemos que esta modalidad de generación de conocimiento contribuye al empoderamiento de las comunidades para la toma de decisiones. Nuestro trabajo tiene una importante carga ideológica que permea cada una de las acciones y temáticas que se proponen. Sostener como grupo esta dinámica ha implicado una constante interpelación de nuestras acciones desde una postura crítica.

En este momento me encuentro por emprender viaje hacia mi próxima aventura, un PhD en Life Science en la Universidad de Lincoln, Inglaterra. Me tomó unos años luego de finalizar la maestría decidir continuar con la carrera académica y hacerlo fuera del país. Mi idea de proyecto tiene una fuerte vinculación con Uruguay. Uno de los principales retos que enfrenta nuestro país es establecer un mecanismo para medir cuantitativamente la riqueza ambiental y sus cambios, para maximizar la eficiencia de las inversiones públicas. Mi objetivo es desarrollar el primer sistema científico del país para cuantificar dicha información y medir la eficiencia de las políticas de conservación y uso sostenible de la biodiversidad a partir de la inversión en ciencia, tecnología e innovación. Un sistema de almacenamiento, gestión y evaluación de datos científicos de acceso libre para todos los ciudadanos, permitirá maximizar el impacto del desarrollo científico en la sociedad, en tanto desarrollo socialmente integrador y equitativo, y políticamente democrático y transparente.

En cada etapa de mi vida puedo identificar personas claves, pero voy a destacar a esas mujeres que siempre estuvieron y aquellas que hoy en día transforman y marcan mi acción. Por un lado, mi abuela, mi madre y las mujeres de mi familia, ellas  siempre me resultaron figuras femeninas habilitantes, porque en su forma cotidiana me demostraban algo de excepcionalidad al mandato. Por otro, mis amigas de la vida, de convivencia, de fútbol, de militancia. “Si he logrado ver más lejos, ha sido porque he subido a hombros de gigantes”.


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