La eterna promesa I

El miércoles 9 para 9:30 en el Complejo.

Los 19 años en el fútbol son una edad bisagra. Ya no estás en juveniles y si no tenés la pasta necesaria, tampoco en 1ra. La 3ra o “reserva” es tu lugar. Desde los 14 estoy en el club, no quiero ser uno más, quiero hacer historia.

Este año la pretemporada será clave, tengo que pegar el salto, y no al vacío. Problemas en el club por participar en los famosos “pases puente” generan la sanción más deseada para los juveniles: no se podrá contratar a ningún jugador por dos períodos de pases. Ya se habían ido algunos, entre lesionados y falta de figuras, es momento de que Valdi, DT de primera, tire un manotazo en 3ra.

Martes 16 de enero. Un calor insoportable. Segundo día de entrenamiento y el ‘Chupete’ Valdi observa desde afuera como si fuera Bielsa. Tranquilo, mago, que no le ganaste a nadie. Todos sabemos que estás acá por ser amigo del presidente.

Termina el entreno, ingresa con su aire de superioridad y lee una lista: “Cáceres, Gómez, Pirruljia, Timbada y el punterito por izquierda, miércoles 9 para 9:30 en el Complejo, suben al primer equipo”. Qué suerte la suya, qué envidia. De la no sana. ¡Pará! ¿Quién es el “punterito por izquierda”? ¿Soy yo? No creo, hubiese dicho mi apellido. ¿Sabe mi apellido?

Al otro día voy a entrenar de nuevo con 3ra. Todos me miran con cara rara. ¿Qué les pasa? Si llegué a las 8, puntualidad inglesa. Entro al vestuario para cambiarme y me agarra del brazo nuestro DT. “¿Pibe, qué hacés acá?”. Y, mirá, si querés te doy opciones: A. vengo a entrenar. B. a hacer la entrega de milanesas de pollo.

C. esto es un asalto las manos arriba.

“¿Ahora sos gracioso?” ¿Están todos de mal humor hoy? “¿No escuchaste a Valdi? ¡Te subieron a 1ra!” me grita. ¿Qué lo qué? ¿A mí? ¿Era yo el “punterito por izquierda”? “Tomate un taxi ya mismo y rajá para el Complejo”. ¿Taxi? Ahora es con Uber…

Salgo como Dani Alves del fondo en su época en Barcelona y voy hasta la ruta a la espera de que aparezca un Uber, un taxi o un cohete espacial, lo que sea. 20 minutos y nada. Al rato aparece un taxi blanco. Lo paro haciendo más señas que una azafata. ¿Azafata es la de los aviones, no? Nunca me subí a un avión, pero miro películas… Me tiro de cabeza y le digo la dirección… Sonríe y arranca… Llego.

El reloj marca las 9:40. $450 dice la maquinita. ¿Qué rompí? Le doy todo lo que tengo y huyo. Me cambio y entro a la cancha con una vergüenza inconmensurable. Me miran todos con odio. Llegué tarde a mi primera práctica… Puteadas varias, una pasarela de golpes de puño, 300 lagartijas al finalizar y 50 vueltas a la cancha. Así arranca mi periplo por 1ra división. Es mi chance de demostrar que soy más que una promesa.

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La eterna promesa II

Debuta con la 38…

La pretemporada pasó. Las primeras 5 fechas también. Ni al banco fui todavía. Todos mis compañeros de Tercera tienen minutos. Alguno hasta es titular.

El viernes Valdi lee la lista de convocados. ¡Increíble! ¡Dijo mi apellido! Capaz tenga algo que ver que medio plantel se agarró un virus de estos que están de moda. ¿Y a quién le importa? ¡Voy a estar en el plantel!

Llamo a mi madre como loco. No me da la cara para la sonrisa que tengo. ¡Para vos, Barney, mirá de quién te burlaste! Mi madre llora en el teléfono, a mí se me pianta un lagrimón. Que nadie me vea. Me entró una basurita en el ojo cualquier cosa.

Soñaba con concentrar, hotel, cena, jugar al Play, ir escuchando música en el ómnibus del club, fotito para el Instagram… Soñaba, bien dije. Problemas económicos, líos entre los referentes del plantel y dirigentes. No se concentra. Nos juntamos en la sede tres horas antes del partido.

Con mis mejores ropas y una ducha en perfume llego a la sede. De ahí en ómnibus de línea contratado. Bajamos del bus y me siento Neymar. Unos auriculares me dejan escapar de la realidad y las cámaras. Mejor dicho de la cámara. De una niña que está atrapando Pokemones con su celular.

Cada uno tiene su lugar en el vestuario. Se van sentando y comienzan con sus preparativos. Helado disfruto el estar ahí. Queda un lugar libre. Debe ser el mío. No tiene ropa. Voy y le pregunto al utilero, me consulta quién soy. Le cuento. Sin siquiera pedirme perdón me da unas medias, un short, una camiseta y un buzo.

¿No puedo elegir el número? Se ve que no… La 38 me dio el muy fenómeno.

No te pido la 10, pero ¿la 38? No seas malo… Calentamiento, charla y a la cancha. La gente aplaude nuestra entrada.

Miro anonadado a la tribuna. Ahí está mi madre… Otras caras me miran sorprendidas. “¿Quién es ese?”, parecen preguntarse. Ya verán.

1-1 va el partido. El empate nos sirve. Minuto 85, el ‘Vasco’ Susarreta se hace el lesionado para ganar tiempo. Valdi me mira a los ojos. Lo miro. Nos miramos. “Dale, cambiate que entrás”.

No puedo creer. ¡Llegó el día tan ansiado! Todos esos madrugones cobran sentido. Años renunciando a todo para poder cumplir mi sueño. Amigos, cumpleaños, salidas, estudio, todo. “Entrá y aguantalo”, la única indicación que me da el DT. Una voy a tener.

Habla el del parlante: “Cambio: se retira con la número 7 Joaquín Susarreta y debuta con la 38…”. Emocionado pico a toda velocidad para ocupar mi posición por izquierda. Va a sacar su golero. Busco acomodarme para que me quede la segunda pelota.

“La gano yo y te la doy, llevala al córner”, me dice el capitán. ¡Qué presión! Estoy fresco, en velocidad gano sí o sí. Es la mía. Saca el arquero. Pita el juez. Fin del partido. ¿Qué debut, eh? Debut en Primera y una pésima forma de mostrar que no soy solo una eterna promesa.

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La eterna promesa III

El hincha que me comparó con Recoba.

Dos minutos de adición señala el árbitro. 0-1. Un desborde del “Pochola” Méndez termina en un córner a nuestro favor. “Es la última”, grita el cuervo. Nadie se acerca a ejecutar. ¿Voy yo? Agacho la cabeza, inflo el pecho y me dirijo al cruce de tribunas, ganándome los aplausos y gritos de esperanza de mi gente.

¿Mi gente? La humildad es lo último que se pierde, ¿o es la esperanza? En fin… El alcanzapelotas me tira la redonda. Ni agarrarla pude de los nervios. Se cayó. Para disimular ni la levanto. La acomodo con el pie en el pasto y la dejo servida. Afuera del espacio reglamentario, como los cracks.

¿Quién me mandó a patear este córner? Hasta Manotas Laurenti va en busca del cabezazo triunfal. Ser zurdo me hace tomar carrera contra el alambrado. Me apoyo en los alambres para tomar impulso. Ahí donde los hinchas rivales pronuncian sus insultos.

Una lluvia de escupitajos alivia el calor pero acrecienta mis nervios. Ya me recordaron a toda mi familia. ¡Dale, juez, dame la orden!

Un señor mayor me sopla en la nuca: “Bobo, ¿te pensás que sos Neymar?”. Debe ser por mi peinado. A mí me gusta. “Pegale como Recoba si sos tan crá, pendejo nabo”. Lo de pendejo estuvo de más.

Mi mente estaba en blanco pero el señor, de manera muy educada, me trajo las imágenes de los goles olímpicos del Chino. No parece tan difícil… es darle con efecto.

Es la mía, hoy me hago famoso. En el área se intercambian remeras a la fuerza. Guárdenme una… De pronto suena el silbato y me vuelve el alma al cuerpo.

La carrera me da solo para tres pasos. Suficientes para visualizar el golazo olímpico que estoy por hacer.

Levanto la mano derecha en honor a Beckham. Se viene una obra de arte. Preparen sus gargantas, arranquen a aplaudir. El borde interno de mi pie izquierdo se encuentra con la pelota. Encuentro amoroso y empieza el viaje rumbo a la red.

Rumbo a la red de arriba del tejido. Tres silbatazos. Fin del partido. No hay quien no me propine una puteada. Hasta su golerito se suma… Otro papelón más para mi carrera y una chance más para seguir confirmando que no soy más que una eterna promesa.

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La eterna promesa IV

Barrilete cósmico.

Valdi me puso de arranque. Se ve que algo bien había hecho en la semana. Ni idea. Puntero por izquierda marcaba la pizarra. Mi puesto.

Hoy el 4 no me agarra. Primera jugada de ataque y una contra a toda marcha. “¡Cuatro contra tres!”, grita Valdi. Pérez me la tira larga. Medida. Perfecta. Gracias.

La paro con toda la técnica de un clase A. ¿Clase A? ¿Yo? Me confundí se ve. Desde tres cuartos de cancha miro el área, lo veo al ‘Rengo’ Ramírez, visualizo la pelota, vuelvo a observar la ubicación del ‘Rengo’ y preparo el centro. Ya es tarde, me la sacó el 6. ¿De dónde vino?

Los próximos quince minutos soy un espectador más: ni me la dan, ni la pido, ni la quiero. Cuanto más lejos de la pelota, mejor. Lejos, lejos. Fuera, bicho. “Dale, pibe, demostrá por qué estás acá. Cerrale la boca a los que te putean”, me grita un hincha.

Me doy cuenta que ya van 20’. Se la pido a Gordiozola. Me la da en mitad de cancha. Levanto la vista y no veo más que piernas contrarias. Y ahí me acuerdo de Maradona, del Mundial del 86, de los ingleses y del ‘barrilete cósmico’ de Víctor Hugo. Y bueno… Ahí voy.

Enfilo contra el 5 y lo dejo pintado. En mi cabeza escucho aquel histórico relato. “Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota. Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial”. Se me infla el pecho. Voy contra el 8 y lo paso de asco.

“Puede tocar para Burruchaga, siempre Maradona”. La gente se para emocionada, es el pibe, es la promesa demostrando su valor. De frente me viene el 2 y lo veo de piernas muy abiertas.

Tiro el caño sin dudar.

“Genio, genio, genio, ta, ta, ta”. Intento hacer la de Messi y mover el cuerpo sin tocar la pelota. Y lo hago. Y al piso voy a parar. Fin del relato. Gracias igual, Morales.

Esguince de tobillo por culpa de un tropezón. Ni un foul pude inventar. Mi nombre se acompañó de insultos en forma de adjetivo y los insultos se hicieron cántico. “Entra con la número 18 Alfonso Peregueña”. Afuera yo. En camilla. Un mes y medio, mínimo, sin jugar.

Otro error en mi carrera, una lesión y una chance más para seguir confirmando que no soy más que una eterna promesa.

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La eterna promesa V

¡Apretala!

No sé quién dijo que pateo bien los tiros libres. Pero acá estoy. El juez cuenta los pasos. Queda poco. Mi lesión ya es historia, mi tobillo de elefante está sano y salvo. Con el empate seguimos en camino para pelear el ascenso.

¡Es hoy! Valdi me dice que le dé al arco. Que la termine, así pasa el tiempo. Fácil consigna. Es darle nomás. “Como sabés, botija”, grita uno subido al alambrado. ¿Como sé? Si yo nunca hice esto… ¿Qué dice? Ni en las prácticas… Mirá si me voy a quedar más tiempo entrenando pudiendo ir a jugar al play a casa. Forlán hay uno solo.

Otro señor con un vozarrón grave me da la orden: “¡Apretala!”. Y me pone en un dilema. ¿Qué es eso de apretarla? Siempre tuve esa pregunta. Hasta donde sé, la pelota se patea, no se aprieta. Supongo que querrá decir que le pegue fuerte. ¿No? Yo qué sé. Si la aprieto con las manos, es mano y si lo hago con los pies es retención. Ergo, será darle candela.

Los muñecos de enfrente se adelantan y el lineman los obliga a retroceder. “Un pasito más atrás por favor…” Un pasito para atrás, para atrás, para atrás… Qué temón… Ni bola dan los soldaditos, se paran donde quieren.

Vuelvo a acomodarla y le doy un beso como hacía Juan Román Riquelme. Haciéndome el sota la giro y la pongo medio metro más atrás. La vi en la Premier esa, no falla. Analizo qué voy a hacer. Ni la más santa idea. Y qué sé yo… Bueno… Ya está, la aprieto.

Me convencí sin fundamento alguno de algo que tampoco tiene fundamento. Para vos, Sócrates. Calate ese razonamiento. Lógica pura.

Pita el juez. La gente se ilusiona. Los murmullos se callan. En silencio se pronuncian plegarias para el flaco de arriba. Dame una, Diosito.

Seis pasos, más o menos, y la esperanza de que mi zurda se cargue de fuerza para “apretarla”. ¿Apretarla? ¿Estás seguro? Llegó el momento. Ya a esta altura… Me paro en puntitas de pie y respiro como Cristiano Ronaldo, repiqueteo, unas zancadas y un tremendo zapatazo. Al pasto.

De asco la pelota agarra un vuelo cruzado y como trazando una diagonal se va abriendo hacia la derecha. ¿No me digas que la agarré como Roberto Carlos y ahora la pudro en el ángulo? No, claro que no. Pega en el banderín y se va al lateral.

Pitazo y chau partido. Seguimos en la pelea por el ascenso. Risas y caras de espanto me intimidan pero yo estoy orgulloso de que hice lo que quería el DT. La terminé… Me miro los dedos. Se me rompieron los championes. Pucha che… eran los de Messi. Qué berretas estos Adidas.

Championes rotos, un pifie nunca antes visto, pero la satisfacción de que cerré el partido en empate. Está bien, sí, capaz no soy más que una eterna promesa.

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La eterna promesa VI

Los monitos de Whatsapp.

Un 3-0 rotundo. Victoria cómoda. Valdi escucha desde la tribuna a alguien que dice: “Metelo ahora al pibe este, a ver si demuestra algo”. Me mira y me pega el grito: “Vení, pendejo”. Difícil de convencer Valdi…

La sonrisa no entra en mi cara. Después de un tiempo largo de suplente, me toca. Gracias desde ya al señor del bigote. Me calzo la tan preciada 38. Me pongo al lado del DT para las típicas indicaciones. “No jodas, entrá y hacé algo”. Gracias a vos también por la confianza. Le doy mi carné al lineman. A la cancha por ‘Topito’ Gómez. El fenómeno se va al son de los aplausos que felicitan su hattrick.

Quedan 10’. Hoy voy a tener una. Ellos están con 8. Entro. El ‘Bomba’ Cáceres me tira un pelotazo largo. Pico al vacío. Estoy solo. Soy yo contra el arquero. Bajo la pelota emulando a Zidane y cuando quedo cerca del guardameta, veo que se queda parado. Rendido. Atónito.

Soy temible… ¡Es la mía! No lo dudo. La tiro larga por un lado. Lo dejo jugando a las estatuas. ¿Volvió la bobada del #MannequinChallenge? Voy por el otro. Agarro de nuevo la pelota a un metro de la línea. Me agacho. Ortodoxia cero y la pongo de cabeza en el fondo de la red.

¿Pizarra yo? ¡Golazo! ¿Hace cuánto no hacía un gol? ¿Cómo es esto de festejar? ¿Si me saco la camiseta es amarilla? La semana pasada estuve mirando especiales de festejos en la televisión. Marco Reus y un gran festejito. Vamo’ a hacerlo.

Primero me tapo los ojos, después las orejas y por último la boca. ¡Como los monitos de WhatsApp! Me parece justo honrar a Cavani, al que siempre intento imitar.

Sin éxito, claro. Me arrodillo, preparo mi metralleta imaginaria y apunto al público.

Todos miran mi show a las risas. ¡Soy una estrella! Pero no quiero que me saquen amarilla. Yo, inteligencia. Así que dirijo mi arma hacia el césped y procedo a disparar. ¡Bum, bum, bum, bum! Cuatro disparos por ser el cuarto gol.

Me paro. Para terminar el festejo hago el salto de Cristiano Ronaldo. “¡Suí!”, grito como el portugués. ¡Qué golazo y qué festejo! Tarde soñada. Por fin una.

Me doy vuelta. Veo que todos me están observando, como callados. Los dos planteles. Hago un paneo de la tribuna. Su actitud es la misma. Por si las dudas, busco al lineman. Ahí está. Con el brazo extendido hacia adelante, la bandera colgando y una sonrisa burlona en el rostro.

Fue offside. Otro papelón y otra muestra de que no soy más que una eterna promesa.

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La eterna promesa VII

Marca férrea y sin fisuras.

Ganábamos 2-1 cuando el DT rival mandó a la cancha a ‘Gambetita’ Siluci. 10 de la Selección. Crack y pico que había venido al país a jugar unos meses mientras esperaba que su señora tuviera su primer hijo.

¿Qué importa esta historia? No sé. Lo que importa es que mi máximo ídolo estaba ahí. En frente. Pasó corriendo por el banco y un chorro de baba mojó mis botines. Nuevos. Nike. Porque los Adidas eran mufa.

Era él: ‘Gambetita’. Dos minutos en cancha y una obra maestra: tiro libre de 40 metros que cuelga en un ángulo. ¿Cómo hizo? Ni la más santa idea. Por dentro aplaudo. 2-2. Necesitamos ganar.

Se lesiona el ‘Chueco’ Barrialja. “¡Pendejo, cambiate que entrás!”. ¿Yo? Un compañero me empuja mientras pienso si me habla a mí. “¡Dale, hermano, dale!”, y el apuro de Valdi.

Busco la 38. “No me quedan jugadores, te lo tengo que pedir a vos: entrá y hacele marca personal a Siluci. Como en el FIFA, vos que estás todo el día jugando a esa porquería: marca férrea y sin fisuras”. ¿Yo? ¿Está loco este muchacho? De asco sé atacar. ¿A Siluci? Para bailar me voy a Azabache.

Levanta los brazos el lineman. Pita el juez. No entiendo nada. Sigo algo perdido pero ahí voy. Un pique y quedo al lado de mi ídolo. “¿Sos vos?” le pregunto. Me mira y se ríe. No lo puedo creer. ¡Me vio!

Recibe de espaldas el astro y ahí estoy besando su número 10. Va a girar pero mi pie derecho le dice que no. Robo y despejo de zurda en una acrobacia digna del Cirque du Soleil. Perdonen mi francés…

Me mira Siluci con cara de enojado.

Me sale del corazón un tímido “perdón”. ¡Gol! ¿Gol? 3-2. No sé quién ni cómo. Estaba mirando a mi ídolo. Cómo quiero esa camiseta… “¿Me la das?” le pregunto como un niño. “Sí, pibe, cuando termine el partido es tuya”, contesta.

Mis compañeros me señalan, abrazan y felicitan por la jugada. ¿Qué hice? Alguien que me diga. Parece que mi despeje fue un pase largo perfecto para el ‘Rayo’ Mendiguez y terminó en un golazo. Da igual, no me importa. ¡Me va a dar su camiseta Siluci!

Me despisto y arranca el crack desde media cancha. Lo sigo como puedo. Pasa a uno. A dos. ¡Qué genio! A tres. Sigo desde atrás esperando el momento justo. A cuatro. ¿Cómo hace? Pasa al quinto y solo queda el arquero. No tengo otra. Un pie y seis tapones por tobillo para que una voltereta lo deje tendido en el piso. Penal. Roja. Fractura de su tobillo derecho.

Me quiero morir. Lesioné a Siluci. Mínimo 6 meses afuera. Lo dejé sin Mundial. Penal. Gol. 3-3. Me quieren comer vivo propios y ajenos. El país me odia. Lo lesioné a Siluci. Pensar que Valdi me había dicho que lo marcara sin fisuras. ¿Me dará su camiseta?

Otra macana en mi carrera y otra chance más para seguir confirmando que no soy más que una eterna promesa. Y ahora, una eterna promesa odiada.

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La eterna promesa VIII

¡Cantalo, cantalo, cantalo!

Partido histórico. Se retira el ‘Bombardero’ Pandolfi. Más de 500 partidos con el club y una idolatría indiscutida. Una de las tribunas pasará a tener su nombre. 40 años son demasiados. Se cansó de jugar. De romperla.

El estadio está repleto. Último partido de la temporada y todos a la espera de que llegue el gol 200. Lleva 197 festejos. Sí, sé todo de su carrera. 68 de sus anotaciones los hizo de cabeza, por ejemplo. Soy fan. 199 acumula el ‘Traidor’ Fitipaldi. Lo tiene que pasar.

Difícil pero posible. Sueño con una asistencia. Preparen la tinta que se viene tatuaje. Como no podía ser de otra manera, a los 15’ ya ganábamos 1-0 gracias a su gol número 69 de cabeza, 198 en total. No paro de aplaudir. Desde el banco, claro. Para variar.

Minuto 44’ y de penal puso su doppietta. El 199. A uno del récord. Preparate, ‘Traidor’. Lo tiene que pasar. Fin del primer tiempo.

En el vestuario me llega la noticia. “Vas a entrar” grita con tono enojado Valdi. ¿Y a vos qué te pasa hoy? Tranquilo que no soy sordo. Voy de punta, ya escuché. A por la asistencia. Mario, el utilero, me tira la 38. Gracias por lavarla… A la cancha por Rapuchoni.

Queda poco y el gol 200 no llega. La gente se impacienta. No pude darle ni una pelota al pie. ¿Qué me pasa? “Dos más” dice el cuarto árbitro. ¿Ya? De la nada aparece la pelota cerca. Es ahora. Y es la hora.

Voy y la paro contra la banda derecha. Arranco en velocidad por el carril. Gambeta y de cono dejo al 4. ¡Ole! La tiro larga y sigo. Me sale el 2. Freno con el taco de Cristiano Ronaldo. ¡Ole! Qué crack… “¡Está solo el ‘Bombardero!” es lo único que escucho.

De atrás me viene el 5.

Pisada majestuosa y un caño estremecedor. ¡Ole! ¿A dónde vas, 5? Traeme un tostado y un café. Ahora sí que está solo Pandolfi. Cuando pienso en centro aparece de nuevo el 2. Otro enganche y al piso el zaguerito. Coma pasto, mijo. ¡Ole! ¿Messi, sos vos? Que venga nomás el premio Puskas.

Estamos los dos en el área. Pandolfi y yo. Rendido me mira el arquero. Pobre… ¡Mañana soy tapa de los diarios! Me le arrimo caminando esperando su salida. ¡Preparen las cámaras! Pandolfi ya sonríe. Sabé que la firma la pone él. Es su gol. Es el récord. ¡Voy directo a la historia del club!

Me atora el golero pero con la punta de mi zapato meto el pase entre sus piernas. De nada, Pandolfi… ¡Cantalo, cantalo, cantalo! Pase a la red. Gol mío. Pero golazo… Silencio estampa. ¿Lo grito?

Nadie puede creer lo que acaba de suceder. Pandolfi se agarra la cabeza. Yo me agarro la cabeza. El estadio se agarra la cabeza. Fin el partido. No se escucha ni una palabra.

Otro error en mi carrera, un gol fantástico que a nadie le importa y otra chance más para seguir confirmando que no soy más que una eterna promesa.

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La eterna promesa IX

No te comas la pastilla.

La titularidad era ya habitual. La falta de jugadores también. ¿Pero quién me quita lo bailado? El domingo perdimos 4-1 pero hice el gol del descuento. Contento por mi rendimiento y en venganza con el de mis compañeros, decidí darme un gusto e ir al cumpleaños de un amigo esa noche.

Todo solo no puedo hacer… ¿Que se me subieron los humos a la cabeza? Pero por favor… Que soy yo y otros 10… “Asado amistoso” era la consigna de la noche, y fui.

Picada, chori, queso, matambrito, chinchulín, riñón, tira de asado, vacío, cerveza, vino, grapa, todo. Faltó la sandía nomás para hacer una bomba perfecta. Una panzada digna del no profesionalismo pero merecida.

Un gol de rebote en el minuto 90’, vital en el 1-4 final. El lunes teníamos libre pero un malestar estomacal me dejó todo lo contrario a libre: encerrado. En el baño. Martes y miércoles ni fui a entrenar, el único ejercicio que podía hacer era pararme, girar y devolver, pero no una pared, el asado.

Miércoles de noche apareció una tía a visitarme, creyente ella de la medicina alternativa. Venía con la solución a mis problemas. Una sopa, masajes, una pastilla y a dormir. El jueves era yo de nuevo. Lleno de energías y como si nada hubiera pasado volví a practicar.

Valdi sorprendido con mi desempeño me puso entre los titulares. Con una confianza irreconocible la rompí en la práctica de fútbol. “El sábado ganás los tres puntos vos solito”, palabras que inflaron mi autoestima al nivel de Ibrahimovic.

Susarreta estaba lesionado y la tentación fue muy fuerte.

Entré al vestuario y encaré a Mario el utilero: “Marito, dame la 7 que hoy no te defraudo”. Me miró sin entender qué me pasaba pero me dio lo solicitado. Un poco de gel, peine, fotito para las redes sociales con un “que deus nos abençoe e nos proteja” y a la cancha.

Ganar era fundamental, una racha de 5 derrotas consecutivas nos había puesto a todos en la mira. Arranca el partido y la primera pelota la pudro y reviento el tavesaño… “Uhhhhh” grita la popular y yo me agarro la cabeza con cuidado para no despeinarme.

Sí, yo le digo “la popular”, ¿algún problema? Aporteñizado el hombre, son mis cuentos y si quiero a la hinchada le digo “la torcida”. Acá mando yo y al que no le guste, que igual comparta con todos sus amigos mis cuentos.

Digo… Volviendo… Estaba con la flechita para arriba. Encaré una, dos y tres veces al lateral hasta que me bajó, foul y amarilla. Sin dudarlo agarré la pelota dispuesto a pelearme con quién quisiera pegarle a mi tiro libre.

Respiré hondo, soplé, me llené el borde interno de pelota y vi como el golero volaba cual Superman… Nada para hacer, macho, una lastima. ¡GOLAZO! Corrí desesperado y sin dejar que me abrazaran le hice gestos a la gente para que tuviera calma, que yo estaba aquí. Un beso al escudo y tarde redonda.

70’ y lo mío ya era un abuso. Contra y pelotazo cruzado que paro de pecho, voy en diagonal y no me agarra ni Flash, me tiran el sablazo pero salto justo a tiempo, amague para acá, otro para allá y chau al último hombre. Veo que el arquero sale a achicarme el arco… Qué pena.

Me visto de Burrito Ortega y se la pico con solo tres dedos. A tomar Fanta con Pelusita, guantes colorinches.

Tarde perfecta. Aplausos, ovación, entrevista para la televisión. Felicitaciones de mis compañeros y un beso apasionado de Valdi. Me toca antidoping por sorteo y luego salgo a firmar autógrafos a los niños que ahí me esperan.

El lunes me suena el celular. Un dirigente del club me informa que el resultado del doping dio positivo: “efedrina en sangre”. Desesperado llamo a mi madre que me pregunta por qué entré en la droga, que yo era un gurí sano. Pero no, si hay algo que nunca hice fue drogarme.

Leo en internet y veo que puede estar en algún medicamento la droga. Ahí me acuerdo de mi tía. Cuando me atiende la muy macumbera me da la noticia: que sí, que su pastilla tenía efedrina… Perdimos los puntos y sanción de tres meses para mí.

Ahora entiendo por qué Yanuzzi siempre dice “no te comas la pastilla”. Otro papelón en mi carrera y otra muestra más de que soy solo una eterna promesa.

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La eterna promesa X

El fútbol hace milagros.

Ya lo dijo Riquelme cuando le preguntaron sobre cómo le había ido con las mujeres: “El fútbol hace cosas que son increíbles”. La gente sabía quién era yo. O más bien la gente del club. O mejor dicho, algunos fanáticos del club. ¿Los funcionarios del club? Bueno… en fin… muy pocos. Pero digamos que a 1 de cada 100 le sonaba mi nombre. Me olvidé de un cero.

Mi corte de pelo, mi gusto por la ropa… mi estilo, digamos, es europeo. Debe ser porque sigo a mucho football player en Instagram y eso me afecta, pero estoy para pelearle cabeza a cabeza al ‘Pelado’ Cáceres y a José María Giménez.

Aprovechando el fin de semana libre que mi dopaje positivo me había dado, decidí comprobar si Román tenía razón. Sudamérica sería mi destino, no el continente, el boliche. No por elección, por descarte.

Para despistados o afortunados que no sepan de qué hablo, Sudamérica es un local bailable cerca del Palacio Legislativo que bien podría ser un zoológico, pero humano.

Algunos conocidos me habían comentado que con mi pinta a muchos lugares no iba a entrar, “ni sueñes con Pocitos, Punta Carretas y Cordón Soho”. Se ve que no saben nada de moda por esas zonas… Problemas tenemos todos.

Viernes cálido en la ciudad de Montevideo. Al caer la noche enfilé bañado en perfume para el baile. Alguna copa de más con un señor que andaba por ahí me dejó entonado. Ya la vergüenza era menos.

Acodado a la barra como Fabián O’Neill miraba a todo lo que pasara. Sin discriminar. “¿Quién soy yo para juzgar?” leí una vez en un tatuaje hecho en la nuca de un compañero.

Acá un 5 puntos es modelo. Y digamos que yo con mi carita tampoco estaba para exigir mucho.

Charlé con alguna que otra, las invité unos tragos y todas ellas, sin excepción, al terminarlo, siguieron su curso. ¿Se podría denominar como una estafa? Sí. Y la defensa descansa, su señoría. Igual, la esperanza es lo último que se pierde. Si sabré de eso.

Ya el reloj marcaba las 4 AM cuando no hacía diferencias, todo valía. Es que ni siquiera diferenciaba rostros, salvo que todas tuvieran dos cabezas. Por ahí vi a una morocha, alta y bien vestida. La tomé de la cintura y se dio vuelta sorprendida.

Lejos de rechazarme como tantas otras, me miró como si me conociera. Le pregunté de dónde era, qué hacía una chica tan linda sola y otros piropos baratos que me llegan por SMS. Ni me contestaba alegre ni me rechazaba, era raro.

Ahí, como para ganármela del todo, le dije quién era yo. ¿No me reconocés? Soy el 38 de… ¡¿Para qué!? Su mente hizo click, su cara de princesa se cambió por una de ogro, como en Shrek después de las 12, y a los gritos me dijo: “¡Yo sabía que de algún lado te sacaba! Esto no va a quedar acá, ¡mi padre se va a enterar de esto!” y se fue rebuznando.

¡Loca! Les dije que era como un zoo… Poco me importó igual. Salió el sol y me fui a mi casa invicto. Como si de estadística de pases se tratara: 0 de 50. Y me fui al paso, cuestión de hacer un regenerativo.

Al otro día me desperté con quince llamadas perdidas del presidente. Se imaginan el desenlace… Sí, era su hija… Otro papelón en mi carrera, una salida nocturna durante mi sanción, multa económica, odio del presi y otra muestra más de que no soy más que una eterna promesa.

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La eterna promesa XI

Un cuento chino.

Desesperado por irme del club ya que el presidente me odiaba, los hinchas me guardaban rencor, los compañeros no me la pasaban mucho y el técnico seguía siendo Valdi (la imitación más barata y trucha que vi del gran Marcelo Bielsa) me decidí por buscar un representante.

Sé que por lo general es al revés, desde juveniles te van a mirar y en determinado momento llega la llamada mágica de un señor de traje que dice que quiere ser tu agente. Te da championes, casa, plata, un auto y demás. Pero no. Obviamente, eso no me pasó.

Y dicen que si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a tener que ir a la montaña. Ni idea quién es Mahoma ni a cuánto queda la montaña, si es necesario lo busco en Waze, pero no entiendo el dicho, de última se llamaban por Skype.

Pero ta, resumiendo, porque suelo irme por las ramas: fui en busca de un representante. Consulté a los pocos amigos que me dio el fútbol pero no llegué a buen puerto por ahí. Hablé con quien pude y de pronto uno me dio una data interesante… Un club chino había mandado agentes en busca de jóvenes talentos. No se habla más, es la mía.

Partido intrascendente de locales contra un rival de mitad de tabla. Valdi me dice el viernes que voy a ser titular. Sin dudarlo voy al shopping, gasto mi sueldo en championes verde flúo para no pasar desapercibido, voy a la peluquería a por un retoque mágico, de esos que solo mi peluquero Nacho puede hacer, y para terminar paso por mi tatuador en busca de alguna frase escrita en chino, como para guiñarles el ojo. Yo, inteligencia.

La falta de ideas terminó con un “Mamá te amo” en ese idioma inentendible.

Seguramente me tatuó alguna boludez y nunca me voy a enterar. Pero qué más da… Todo listo, mañana soy yo.

De atrevido le robo la 10 al utilero y no me importa nada. 15’ del primer tiempo cuando recibo contra la banda izquierda, hago la de Neymar, muevo todo el cuerpo para la derecha sin tocar la pelota, el marcador sigue de largo en busca de algo del quiosco y me deja la banda libre.

Y como Bale contra Bartra arranqué por la punta como caballo desbocado… El 5 quiso agarrarme pero pobre, a comer polvo. Enfilo contra el arco y voy de frente contra el 2. En el medio me la pide el ‘Mudo’ Santos, un nueve que si hay algo que sabe hacer es paredes. Es albañil además de futbolista… Dicho y hecho, pase, devolución perfecta y de primera, ante la tibia salida del arquero, se la pico como le gusta a Messi.

Qué golazo… Haciéndome el buen compañero lo señalo al ‘Mudo’ y nos fundimos en un abrazo. Lo que jugué ese primer tiempo… Dios mío… Tiraba firuletes cual Falcao, pero no el colombiano, el brazuca de fútbol sala. Triangulaba, picaba, hacía relevos, todo.

Cualquiera diría que la promesa dejaba de ser eterna… Relojeaba a cada minuto al palco en busca de los chinos con sus libretas. Veía que anotaban y anotaban… si no me vendo hoy, muchacho, no me vendo más.

En el segundo tiempo demostré lo que quedaba de mi repertorio, conecté un centro de la derecha del ‘Payaso’ Landoni con una tijereta espectacular y ahí el 2-0. Fui directo a preguntarle a los fotógrafos si habían logrado capturar el momento. Ese fue mi festejo.

10 minutos más tarde el muy botón de Valdi me sacó.

Como los chinos no sabían nada de mi pasado, me fui al trote aplaudiendo a las 4 tribunas, como si fuese un ídolo del club. Beso al escudo, saludo con el juez, abrazo con el ‘Verdurita’ Caviglia, nuevo valor del club que entraba por mí y a rezar por China. Ganamos 2-1, fui la figura.

Al salir del vestuario, un dirigente del club me agarra del brazo y me presenta con los chinos… Me dice que me quieren llevar para allá. No les puedo explicar lo que fue ese momento…. Saqué el celular y le mandé a mi madre: “Ma, nos vamos a China”.

No se asusten, el cuento termina así. Sí, como querían, una buena… Un gran paso en mi carrera, un partido de despedida para encuadrar y el comienzo de mi peregrinaje por el exterior. Y a los que dicen que soy una eterna promesa, que la sigan… Este… Como dijo Maradona… Eso…

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La eterna promesa XII

¿Pibe cantina de qué te la das?

Los días después de enterarme del pase fueron desesperantes, llamadas de toda mi familia, de dirigentes del club que decían haberme bancado siempre y me aconsejaban que fuera con alguien de confianza por el papeleo, pero por favor… a papá mono con bananas verdes no.

También aparecieron nuevos amigos que me felicitaban, me pedían alguna ropa de recuerdo y prometían irían a visitarme allá si los invitaba. Sí, sí, vengan mañana que hay croquetas.

Todo nuevo para mí. Notas en la tele, entrevistas en diarios, solicitudes de amistad en Facebook, seguidores por doquier con nombres como 阿艾勒吴维豆布勒, qué sé yo. Una locura.

Abrumado pero sin perder el estilo, publiqué en mi Instagram una carta de despedida para con el club, en donde saludé a los pocos que alguna vez me dieron para adelante, prometí no volver nunca más y les recordé a todos los que me insultaron que ahora me verían por Fox Sports, que con todo esto de Tévez pasan la liga china.

Ya sé que no fue una decisión muy inteligente irme diciendo esas cosas, pero créanme que pocos jugadores fueron tan puteados como yo adentro de una cancha de fútbol. No saben la cantidad de veces que escuché “fracasado”, insulto increíblemente injusto ya que suele ser propinado por hinchas pasados de peso, feos y transpirados que pagan una entrada por verme a mí hacer lo que a ellos los apasiona pero no pueden hacer ni en el Play Station.

Pero no me voy a poner filosófico, para eso está Darín. ¿O ese es el actor? ¿Darwin? Ah no, ese es el de la radio. Qué sé yo, el filósofo que se les venga la mente.

Lo seguro fue que me despedí del club con poca pena y mucha menos gloria, pero eso es pasado.

Ahora soy yo pero chino. Ahora soy un jugador moderno, soy un producto y soy de los que me vendí por la plata. ¿Y qué? Mi nuevo representante me llamó para juntarnos a tomar un café y cerrar el contrato. Un café… Tomá pa vo… Si ahora sonara “Pibe cantina”, este cuento sería perfecto (si quieren, hagan click en este link y sientan el sabor tropical corriendo por sus venas). Eso sí, sigan leyendo que todavía no terminé.

Entonces… nos encontramos con mi repre en un barrio totalmente desconocido para mí: Punta de las Carretas se llama, o así le dice Julio Ríos. Ni idea. Llegamos a la conclusión de que el contrato tenía que ser por 3 años, porque cuando me vean jugar lo primero que van a hacer es querer echarme. Pero va a ser tarde porque para echarme van a tener que rescindir el contrato, y eso es mucha plata. Aunque pensándolo bien, ¿cuánto será mucha plata para esos nenes?

Y hablando de mucha plata, eso es lo que voy a cobrar por mes. No tardo en perder la humildad… Todo listo, aunque faltaba un detalle. Dice mi representante que si quiero ser un jugador top y estar a la altura de lo que contratan allá, tengo que hacer una lista de peticiones con cosas que me tiene que dar el club para que yo vaya.

¿Para qué? Arrancamos: apartamento con vista a la ciudad, una cena con Tévez, Play 4, siempre el último FIFA, un traductor porque si no no voy a entender un joraca, un trabajo para mi madre allá, caramelos ilimitados de Candy Sweet (soy adicto), agua tónica sin fin, viajar en primera clase (esa me la dijo un amigo que mide como 2 metros y no le entran las piernas en turística), Netflix gratis, el último Iphone, ropa Armani, un tatuador, un pasaje por mes para mi peluquero Nacho, un perrito de esos arrugados y, si no es mucho pedir, una novia.

No quiero que me salten a la yugular con que soy machista, solo que no encuentro una mina pero ni en Tinder.

Y qué sé yo… capaz ellos me consiguen.

Cual si fuera un diario íntimo, esto es todo por hoy, la semana que viene viajo a China y con cariño y con empeño, en esto de los cuentos me desempeño. Ni Cortazar te cierra un cuento tan bien, bajala de pecho.

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La eterna promesa XIII

Me voy, como se han ido tantos.

Todo lo anterior quedó en el pasado. Qué redundancia más grande para arrancar un cuento. Que me perdonen Neruda, Borges, Bolaño, Galeano, Martí, Benedetti y el resto de la banda. Espero que mis textos no les lleguen allá arriba por ninguna red social.

Les decía… mis incontables fracasos son ahora parte de la historia. Voy camino al aeropuerto pensando en todo lo que me costó llegar hasta acá. Hasta el aeropuerto. En realidad le costó a mi representante, el remise lo paga él.

Nunca había ido hasta el nuevo. Y al viejo tampoco. Soy como un niño de 4 años, si no me dicen qué hacer y cómo seguir ni siquiera paso la puerta automática. Mucha tecnología para mí.

Algunos medios esperaban en las inmediaciones mi partida. Se ve que hay poquito para comunicar… Me preguntan qué siento al haber logrado un pase millonario para el país, en donde el club que me vio nacer se vio altamente beneficiado con 7 millones de dólares.

Nacer me vio mi madre y dijo que era bastante feito… Pero la respuesta me salió del alma: vergüenza porque yo no valgo eso y y enfado porque el club no merece un peso. Se rieron creyendo que lo decía en broma, pero no. Igual, qué más da, lo bueno es que me van a recordar como el pibe que salvó al club. Económicamente, claro está, porque deportivamente hice todo lo contrario.

Otro periodista consulta sobre cómo será mi adaptación, si estuve investigando sobre la ciudad, el equipo, los compañeros, la cultura. Aguantá, macho, no sé ni dónde queda China.

Obviamente eso respondí en mi mente, de mi boca salió un: “No, sí, claro.

Con mi familia estuvimos indagando, poniéndonos en contacto con una cultura tan rica, apasionante y variada como la china, y con mi representante evaluamos al equipo, su impresionante historia y su plantel actual. La verdad, estoy muy entusiasmado por todo el aprendizaje que esto significará para mi vida”

¡Alguien que traiga un extintor que creo que algo se prende fuego o llené de humo el aeropuerto! Algunos niños que andaban por ahí me pidieron fotos, calculo que me habrán confundido con Cavani o algo… Un ingenuo infante me comentó que quería además un autógrafo, que era fana mío. Firmé y atiné a acariciarlo con gesto de compasión, pobre pibe… habiendo tanto jugador por ahí, justo a mí me elige de ídolo.

Una voz que no sé si era de la madre de Dios o de quién, apareció de manera mágica para decir que los pasajeros con destino a China, debían embarcar por la puerta 4. Abracé a mi tía la macumbera, besé en la frente al niño fan que lloraba ante mi ida y embarqué (aunque no soy un transformer como para hacerme barco, por lo que no entiendo por qué le dicen así) con mi madre y mi representante.

Lo que vieron mis ojos al pasar esa puerta 4 fue el paraíso, creí estar muerto, busqué a San Pedro para tocar a dúo el arpa pero no estaba: conocí el FREE SHOP. ¡Agárrense de las manos! Cacé un carro y lo llené de ropa, perfumes, cremas, lentes, chocolates, caramelos y parlantes. Mi representante intentó impedir mi primera compra, pero le clavé la mirada de Lugano y pasó tarjeta sin dudar.

Una fotito para las redes sociales con mis nuevas gafas: “Gracias a todos por los mensajes, ¡llegó el gran día! Qué lindo que es el fútbol” y hasta mañana.

Otra vez la mujer de Dios apurándome para subirme al avión, un miedo y mareo instantáneo sin siquiera pasar el túnel y hasta acá llego que me quedo sin Internet.

Se termina la primera temporada de “La eterna promesa”, volveré con “La etelna plomesa” para contarles sobre mi viaje y el fútbol chino.

No en vano cierro con el cuento número 13, el de la mala suerte, mi verdadero número.

No se olviden de mí, que me voy pero les juro que mañana volveré. Qué temón. No sé si mañana ‘i’ll be back’, como Terminator. No lloren, esto es solo un hasta luego. Bueno, pensándolo bien sí, mejor lloren, así puedo contarle a mis futuros hijos que con mis palabras emocionaba a los lectores. Y como dijo un viejo sabio: va bala.

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